domingo, 15 de junio de 2014

De marxismos, historia, militancia e intelectuales.

El marxismo nacionalista de Atilio Borón y la militancia populista
Crítica al curso de Atilio Borón sobre la “teoría marxista de la política”

Por Pablo Martin Pozzoni y Jorge Cerrigone


Como la mayoría de sus compatriotas, Simón Bolivar era incapaz de cualquier esfuerzo de largo plazo, y su dictadura degeneró rápidamente en una anarquía militar en la cual los asuntos más importantes quedaban en manos de sus favoritos que arruinaban las finanzas y después recorrían a medios odiosos para reorganizarlas

(MECW, v. 18, p. 221-222) Karl Marx, The New American Cyclopedia, 1858[1]


El intelectual chavista Atilio Borón realizó un video de divulgación para una “videoteca de pensamiento marxista” subida a Youtube,[2] producida bajo el nombre de “Escuela de Cuadros” y financiada por la Universidad Bolivariana de Venezuela, en el que intenta explicar el que a su juicio es un aspecto olvidado de la obra de Marx: su filosofía política. Dicho video es lo que nos proponemos analizar aquí, para demostrar, entre otras cosas, que además de la casi nula explicitación de los aspectos políticos de su obra[3] también se incurre en su falsificación: en una adaptación forzada de sus conceptos al sincretismo populista con el cual el autor se identifica y, cabe mencionarlo, por el cual es capaz de justificar desde la censura previa hasta las represiones más sanguinarias. No debe sorprendernos: sus referentes son los “grandes revolucionarios”, a saber y sin filtro alguno: Lenin, Trotsky, Luxemburgo, Gramsci, Mao, Mariátegui, Guevara y Fidel. No cabe duda que los marxistas latinoamericanos son buenos para hacer ensaladas, pero ya deberían ir cambiando algún ingrediente. En especial el totalitario.

Trataremos su contenido intentando mantener el orden de su exposición, aunque consideramos que éste no tiene desde el vamos ningún orden lógico. Al hacerlo analizaremos a la vez los argumentos de Borón, los de Marx, y los que Borón atribuye a Marx en cada caso en que los adultere, que no serán pocos. Consideramos que su trabajo es más un panegírico de baja calidad que un trabajo serio de divulgación, pero sin embargo aprovecharemos el tiempo que perdamos en su análisis para revisitar y criticar los lugares comunes a los que acude la izquierda nacionalpopulista en su rutinaria vulgarización del marxismo (y el marxismo ya de por sí combina sofisticación con vulgaridad), ya que si algo ha hecho bien nuestro profesor ha sido ponerlos todos en un solo lugar. A continuación entonces, dejamos el vídeo para que pueda el lector observarlo y luego todo el desarrollo de la crítica correspondiente. 




¿Marx filósofo –político?

Borón habla de una “teoría política” en Marx [0:28]. Para empezar debemos aclarar que ya es bastante discutible si se puede hablar de “teoría” en el caso de Marx, menos de separación entre el análisis de la economía y de la política, y todavía mucho menos de una “filosofía política” marxista.[4] En cualquier caso esto es algo que no analizaremos aquí, pero creemos que es importante resaltar este punto antes de continuar, siendo que nuestro divulgador marxista ni siquiera se ha detenido a reparar en la cuestión.

El profesor intenta demostrar, en principio, que hay muchos autores que intentan reducir a Marx al papel de un economista revolucionario apelando a El capital como ejemplo de su obra definitiva [0:50]. Ponemos en duda que esto sea cierto, siendo que El capital es sólo parte de un proyecto más amplio que difícilmente un marxista omite, y que queda de sobra clarificado en el Manifiesto Comunista. El capital se dedica a analizar el proceso del capital en su piso económico que es la sociedad civil. El proyecto iba a continuarse con un análisis de su opuesto contradictorio pero necesario, que era la representación política del capital y por ende su negación misma: el Estado. Ya Marx abre el plan de su obra (con continuas idas y vueltas y contradicciones) en Sobre la cuestión judía, donde se explica la relación entre la sociedad civil y la sociedad política, esto es, entre el capital entre su aspecto mercantil infraestructural y su aspecto coercitivo superestructural. De hecho, esta es, si se quiere, la principal obra que podría citarse como realmente clave para entender su “teoría” de la política y la primera para tener en cuenta su contribución a la “filosofía política”. Borón, sin embargo, ni siquiera la cita. Con el mismo fin, probablemente cabría agregar a este pequeño libro otros dos: El 18 Brumario de Luis Bonaparte y Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850.

Por nuestra parte podremos comenzar a aderezar el análisis de Borón indicando tan solo algunos de los momentos de pensamiento de Marx cuando éste era el editor de la Nueva Gaceta Renana. Estas citas serán de especial puntal para lo que resta del análisis, principalmente en lo que atañe a las argumentaciones del doctor Borón respecto a lo que él considera como “buena sociedad” desde su interpretación marxiana y cómo, supuestamente, se deberían trazar los lineamientos para la toma de consciencia que deposite las condiciones subjetivas para llegar a ella. Cuando Marx era el editor de la Neue Rheinische Zeitung junto con su colega Engels trazaron entre otras estas apologías, que usamos a manera de ejemplo de su natural humanismo, ése que tanto utilizan sus biógrafos amigos para explicar el origen de su horror ante ciertas condiciones de vida bajo el capitalismo industrial:

·         “Uno debe comenzar una revolución socialista liquidando a los pueblos primitivos residuales, como los vascos, bretones, los highlander escoceses.” (Engels, Neue Rheinischen Zeitung, Marzo de 1849)
·         “Las clases y las razas que son demasiado débiles para manejar las nuevas condiciones de vida deben dejar el camino libre. Tienen que desaparecer en una tormenta revolucionaria mundial.” (Engels, Neue Rheinischen Zeitung, 1849)

Aprovechando las herramientas que los entornos digitales pueden hoy proveernos, también dejamos el siguiente video en donde el lector podrá profundizar aún más esta línea de investigación histórica: http://www.youtube.com/watch?v=UmI7_SWBUK4

El supuesto destierro de Marx

Atilio Borón parece lamentarse de que el marxismo haya sido desterrado del mundo de las ciencias sociales a fines de los 80, y ni siquiera menciona [2:20] el porqué de que esto haya sucedido (ni siquiera intenta desresponsabilizar a la URSS del asunto, pero comprendiendo la razón). Si realmente hubo tal destierro es otra cosa que debería de ponerse en duda. A nivel ideológico y divulgativo, en cambio, podemos constatar todo lo contrario: la izquierda sovietista rápidamente recicló su hegemonía comunicacional adoptando el papel de “necesario contrapeso” ante la “hegemonía neoliberal”. En vez de intentar aprender de la historia algo de la superioridad fáctica del capitalismo respecto de la poca capacidad de progreso social, económico y cultural de las “nuevas sociedades” que el mismo progresismo había creado en reemplazo de aquél -y entonces intentar crear una alternativa mejor al capitalismo realmente distinta a la ya ensayada-, volvió a la cínica tradición de minimización, negación e incluso justificación de los totalitarismos leninistas, en especial los que quedaron como remanentes de la debacle del “socialismo real”, y a sostener dicha actitud con una diatriba antiliberal recalcitrante que se transformaría en el basamento ético-filosófico de su conducta desde principios de los 90 hasta hoy día.[5]

Que el marxismo cayera junto con la Unión Soviética fue un error, nos dice el profesor [2:30], y sin duda tiene razón, ya que antes de tirarse a la basura, se debía terminar de explicar qué estaba mal dentro de dicho sistema de pensamiento para que su correlato -el sistema socialista-, fracasara. Y así, sacar elementos que pudieran ser válidos en un sistema de pensamiento superador que diera cuenta de los mismos fenómenos que aquel en otro marco conceptual. Pero no es este el error cometido al que se refiere Borón, sino a que ni siquiera lo ha relacionado con lo sucedido. Y, por supuesto, no le pasa ni remotamente por la cabeza que espontáneamente la caída de la URSS haya llevado al descreimiento de la política marxista. Todo lo contrario, en una misma oración Borón hace una falacia ad hominem y una hipótesis conspirativa (que a ciencia cierta es más una elucubración que una hipótesis)por demás forzada en términos sociológicos marxistas: “Fue un gigantesco error –nos dice– pero no fue un error producto de la ignorancia, sino producto de una política concreta seguido por la derecha mundial… por las clases dominantes del imperio… que se esmeran en quitarles méritos al marxismo porque saben que el marxismo es un instrumento insustituible para el análisis de la sociedad capitalista”. Que es insustituible es cierto, pero no significa que así como está sea un instrumento adecuado que lleve a conclusiones verdaderas, sino en cambio a diagnósticos errados y a tratamientos desastrosos. Y por eso mismo, si “la derecha” y “las clases dominantes del imperio” son los únicos que se dan cuenta de este hecho, entonces significa que el resto de las “clases dominantes no imperiales” y “la izquierda” están equivocadas sobre sus propios intereses.

Ahora bien: incluso si se toma la “teoría” conspirativa de esos constructos ideológicos que se hace la mitología izquierdista, o sea: si siempre la derecha y las clases dominantes quisieron hacer quedar mal al marxismo ¿cómo fue que pudieron lograrlo? Lo lograron porque la caída de cada ladrillo del Muro significaba algo. Lo lograron porque el marxismo estaba ya moribundo y no tenía fuerzas para defenderse del peso de los hechos históricos.

Atilio se burla de las reflexiones filosófico-políticas hechas al calor de los festejos populares por la caída del bloque socialista (en un tiempo en el cuál él mismo debió estar lamentándolas), recurriendo a los viejos hombres de paja que se han hecho sobre el tópico tan remanido [3:30], como si acaso el ejemplo del cirquero “socialismo del siglo XXI” fuera la gran demostración del regreso triunfal del colectivismo proletario, superando las glorias de la URSS y así las profecías de Marx. Graciosamente no parece haber leído ni El fin de las ideologías de Daniel Bell ni El fin de la historia de Francis Fukuyama, a pesar de que los menciona. Repite los mantras del pensamiento único del progresismo a lo Página/12, sin darse cuenta que por intentar referirse a Fukuyama, cita el primer título que se escribió… en los 50s.

Continúa, con ese entusiasmo frío que caracteriza al marxismo, y nos dice que en el siglo XX “se habló muchas veces de la crisis del marxismo”, pero que en realidad jamás hubo tal crisis [3:42]. En parte esto es cierto: el marxismo seguía vivo como doctrina, bien subsidiada en el ámbito académico por sus ubicuos embajadores ideológicos, pero su crisis interna, tanto teórica como práctica, seguía viva a pesar de eso, ya que tenía sus raíces en la crisis gradual y constante (todavía más que cíclica) de los países marxistas. Precisamente, la crisis se materializó con la caída de la URSS. Lo que los críticos del marxismo avisoraban en dicha crisis ideológica era la crisis de todo el sistema político y social que este ayudó a crear, y lo deducían del proyecto marxista resumido en el todavía tan celebrado manifiesto de 1848. No fueron los únicos. ¿Cómo hizo el propio Bakunin para adivinar de la sola lectura de Marx lo que iba a suceder? Los críticos afirmaban que el marxismo se equivocaba tanto respecto a su visión apocalíptica del capitalismo (Popper, Kolakowski, Schumpeter), como por su visión de la política siempre daría a luz a totalitarismos revolucionarios (Kelsen, Berlin, Aron); explicaban por qué su proyecto económico autoritario los implicaba (Hayek, Baudin, Wittfogel), y aun más que el régimen iba a colapsar a pesar de la visión idílica que impulsara a sus promotores (Weber, Mises, Roberts). 

¿Acaso fue un error? Por el contrario: no hay precedente histórico en la historia del hombre de algo parecido a lo que sucedió a los regímenes que el marxismo dijo que ayudaría a dar a luz. Un imperio que se suicida, y que encima, siendo un proyecto de reforma social basada en una ideología, no deja, allí donde imperó, ni rastros de esa reforma, ni en la población residuos de la cultura impuesta por dicha ideología, salvo el de la animalización de la convivencia. Con excepción del Ejército Rojo, la brutalidad policíaca y una clase política despiadada, no quedó rastro de ninguna de las instituciones comunistas ni del conocimiento popularizado a la fuerza de la doctrina marxista. Es vergonzoso que los marxistas no encuentren nada relevante ¡en la propia historia! para buscar motivos de que algo debe de “estar mal” en la obra de Marx. Quienes hablaban de la crisis del marxismo en realidad fueron visionarios, ya que decían esto incluso en un mundo en el cuál el marxismo parecía imbatible y donde resultaba inimaginable que el socialismo pudiera retroceder hacia un capitalismo perimido.[6] Pero ¡el marxismo renació como un ave fénix!, nos dice Atilio [4:00]. Sí, renació en los prejuicios anticapitalistas gracias a la hegemonía cultural que la izquierda había logrado durante fines de la Guerra Fría (o sea: no renació sino que siempre estuvo ahí). Por eso se pudo interpretar en términos filomarxistas fenómenos que, si no fuera por el marxismo, se habrían observado de una manera menos sesgada y fanáticamente antiliberal. El capitalismo es lo que Borón dice ser, sólo a los ojos del marxismo. Que haya cosas ciertas o no en dicho análisis no cambia el hecho de que su perspectiva socialista sólo es posible desde el prisma de Marx. “La vuelta del marxismo” no es un resultado de esta visión, sino la causa de dicha visión.
Vaya como evidencia de la crisis de esta ideología que su “recuperación” dependa de los sincretismos bizarros de Laclau y del financiamiento de demagogos patéticos como Chávez y Maduro.

Sheldon Wolin versus David Easton

Luego de tomarse un momento para hacernos una enumeración desordenada, inconexa y casi desganada de lugares comunes de la izquierda postmoderna (apenas deudora de la sociología marxiana y más bien heredera de Foucault y de toda la lectura “progresista” de Nietzsche, Freud y Heidegger), a saber comentarios nunca bien fundamentados sobre la depredación de la naturaleza, o de la “opresión” de genero, etc. [4:25], vuelve al viejo mantra populista respecto a la erosión de los gobiernos democráticos [4:40] cosa que más tiene que ver con Carl Schmitt que con Karl Marx. (Al contrario, la existencia de democracias burguesas y el fin del absolutismo debería agradecerlo al capital).

No es coincidencia que recurra en ayuda de sus argumentos a Sheldon Wolin [4:50]. Su manual de historia del pensamiento político es, al menos respecto del marxismo, bastante heterodoxo. La única parte rescatable e inteligente es cierto análisis de los contractualistas, pero al momento de intentar dar su visión de lo que realmente quiso decir Marx, nos libra una parrafada schmittiana que intenta confundir con su visión, transformando al autor de El capital en una suerte de analista político de los fenómenos económicos, entendiendo a éstos como relaciones de poder (podemos, pues, ir adivinando cuáles son las verdaderas fuentes de Atilio Borón). No entraremos detalles aquí de cuan errado consideramos dicho análisis, pero baste decir que es la abolición de las relaciones de sujeción las que hacen posibles el mercado (y que el mercado hace imposibles a su vez) y por lo cual la defensa del sistema debe estar en un espacio colectivo ajeno, que termina monopolizado por la burocracia estatal. Si realmente se entendió algo de Marx no hace falta ser liberal para comprender esta distinción entre mercado y poder, porque Marx es todavía más duro para hacer esta diferenciación siendo que está en la médula de su comprensión de la peculiaridad histórica del capital y su necesidad. En resumen, Sheldon Wolin es el prólogo al anticapitalismo populista de la actual izquierda nacionalista y estatista, con personajes a la cabeza como Joel Bakan y tantos otros.

Pero su clase de filosofía política no termina aquí, y pasa a criticar a David Easton [8:35] como un autor que, contra el heroico intento de los marxistas por mantener la cordura, intentara eliminar la noción de Estado de las ciencias políticas. Desgraciadamente la memoria de Borón parece aquí un poco distorsionada. Easton decía que el “estado” y “el poder” no pueden ser las principales variables de la política, y por ende que no había que explicar el fenómeno de la coerción política desde sí mismo. Eso es lo que decía, y no que el objeto “no existe”. Afirmaba que la definición de “estado” es demasiado ambigua, por lo cuál debe ser reemplazada para llegar a una mejor comprensión de las relaciones de poder, noción que semeja a la utilizada por Foucault. O sea: Easton se aleja de liberales y de marxistas, y se acerca a una definición que es más cercana ¡qué paradoja! a la idea de “poderes” por fuera del Estado, tan cara al populismo estatista latinoamericano que el propio Borón defiende. Easton no elimina al objeto (el poder) al no centrarlo en la burocracia estatal, sino que la transfiere a la noción más amplia de sistema político. Se esté o no de acuerdo con Easton es otra cuestión. Lo que importa es que Atilio no lo recuerda.

Pero cabe destacar algo más, y es que reduce la ciencia política de mediados del siglo XX a Easton. Su afirmación es un disparate, cuanto más no sea porque la mitad del mundo seguía disciplinadamente al marxismo, y el resto de Europa no era USA (a menos que no considerara relevante el pensamiento crítico en la URSS, cosa entendible). Easton, por otra parte, no era un Lyssenko yanqui: no monopolizaba el análisis político norteamericano. Borón falsifica, queriéndolo o no, el planteo del pluralismo político de Easton, que precede al análisis de Dahl, y que es sólo uno entre tantos, incluso en los 50s.[7]

Marx, luchador por la justicia

Para Borón [1:40], Marx debe ser considerado como a un autor de la “filosofía política” porque tiene en consideración un análisis político de la “buena sociedad”. Si esta es la razón, entonces Marx no puede ser considerado de esta forma, ya que no hay de su parte ningún modelo normativo ni ningún plan de la “buena sociedad” (como si Marx y Engels fueran Platón y Aristóteles). Incluso el carácter deontológico de dicha idea le hubiera causado repulsa, como sucedía cada vez que escuchaba la palabra “moral”. Si a alguien debemos el abandono de la idea de “buena sociedad” es al “materialismo histórico” que éste defiende [7:50] y con el cuál los marxistas representaron las leyes históricas de Marx. (Debemos agradecer que no haya dicho que Marx era un precursor doctrinario de la “justicia social”).

Pero el profesor no desiste: a sus ojos el “comunismo” aparece como “un ideal de buena sociedad” en “perpetua reconstrucción” [9:50]. Sin palabras. Luego aclara que para Marx y Engels el comunismo no era un punto de llegada sino un nuevo punto de partida, lo cual no cambia en nada el hecho de que dicho comunismo no es un elemento a analizar ni valorizar. Intentar elaborar lo que el comunismo va a ser, es pleno utopismo para estos autores, por tanto no invita a nadie a debatir un ideal de “buena sociedad”. Exactamente lo opuesto es dejado bien en claro en el primer capítulo de La ideología alemana.

Como no podía ser de otra manera, se mete en un berenjenal cuando dice que no hay por qué considerar un ideal de buena sociedad a aquella que alcanza un alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas [10:50]. Ahí mismo se da cuenta que contradice a Marx [11:00]. En realidad cree que se da cuenta, porque para Marx tampoco se mide ningún ideal por el desarrollo de estas fuerzas. Es más complicado que eso: hay que desarrollar dichas fuerzas, aunque dicho desarrollo signifique pasar por etapas que impliquen más explotación. (Como si faltara algo, confunde desarrollo de las fuerzas productivas con alto PBI).

El idealismo izquierdista postmoderno se le escapa por los poros a esta altura, y comienza a desbarrancar hacia la cuestión de la felicidad [11:20]. Pero a Marx no le importaba si la gente se hace más infeliz o más feliz para medir lo que era necesario para el progreso del proceso histórico. El comunista debe promover el desarrollo de las fuerzas productivas (y él es producto hegeliano de ese mismo proceso tanto como el idiota que se le resiste reclamando por la felicidad perdida) para poder superar al capitalismo y llegar al comunismo. Para cualquier marxista, lo que Borón hace al intentar defender una afirmación decrecionista de la “buena sociedad” es, sencillamente, reaccionario. La defensa de Borón del comunismo es, en realidad, la de una revolución a ser conservada: una naturalización moral de un orden social. Si hay alguien que intenta eliminar dicho idealismo diferenciador de buenas o malas sociedades, es el propio Marx [13:30]. Marx elimina cualquier posible análisis de la buena sociedad en función de la necesidad histórico-técnica de llegar a una sociedad inevitable. O sea, una suerte de defensa intransigente de un statu quo futuro. Por eso Kelsen, que es quien realmente analiza la “filosofía política” -que no es tal- de Marx[8] (y que aquí aprovechamos para recomendar y curar la indigestión boroniana), llama al planteo marxista una forma velada de derecho natural pero trasplantado a un proceso futuro iniciado con el comunismo.
Marx nos habla de una necesidad histórica no justificada en ideales, pero que curiosamente terminará siendo idéntica a todos los ideales posibles. Y como el proceso en su estadio precomunista se desarrolla en forma de explotación y violencia, Marx es el primero que, por esto mismo, defenderá un orden social en tanto “funcione”, y dejará de hacerlo en tanto “no funcione”, lo que prologa un cambio de los ideales presentes de lo bueno y lo malo como resultado de dicho cambio, y no a la inversa. No tiene siquiera sentido medir su bondad con valores presentes, salvo demagógicamente cuando pretende pararse en el ideario de la Ilustración como la manifestación de la libertad en su forma enajenada, cosa que nunca termina dejando en claro, ya que nunca sabremos si el comunismo vendrá a dar sustancia a los valores burgueses o a destruir de una vez y para siempre cualquier noción de derecho.
Por último, si la sociedad comunista se autosupera a sí misma, se vuelve una etapa. Y si se transforma continuamente sin dejar de ser comunista no cambia el problema [14:07] y no se supera. Lo mismo podría decirse de la sociedad capitalista. Para los nuevos marxistas, ésta no se dirige a su colapso, sino que debe interrumpirse su desarrollo para buscar una “buena sociedad”, más “justa” y “solidaria”.

Borón habla de la simbiosis esencia-apariencia para señalar malas praxis para con la filosofía del conocimiento y la acción política, pero olvida que, en esencia, reifica el marxismo como una especie de iluminación que vino de otro planeta, no lo percibe como un forma más de pensamiento euro céntrico nutrido de las ideas dominantes que pretendió destruir. En realidad, no advierte que, luego de más de 150 años, no es más que otra forma de dominación. Desde ese lugar, lo que aparece como una "investigación comprometida”, y la correspondiente acción que debería seguir la misma con el debido proyecto, en realidad, no es más que un vacuo sinsentido de conclusiones que nunca llegan a ser fértiles pero siempre prometen el cambio definitivo y superior.

Observemos esta analogía que nos traza el señor Boron. “La lectura cuidadosa de los textos de Marx y Engels sobre la ‘buena sociedad’, si no se hace, es tan inútil como aquel médico que no puede diferenciar un cuerpo sano de un cuerpo enfermo. Si un analista político no sabe diferenciar eso, tendría la misma anomalía”. Increíble. O sea, si no se interpreta mal lo subyacente a la construcción de esa analogía, la sociedad está enferma precisamente porque no la hemos tratado, históricamente, con la medicina correcta. Pero no sólo eso, no alcanzamos a entender la enfermedad para aplicar la correcta medicina, si no nos pertrechamos con el andamiaje iluminador que supone la conceptualización marxista. Claro, nuevamente la redundancia se come al redundante: ¿en qué momento la sociedad enferma logra dar de su cuerpo putrefacto, la pureza conceptual que decanta en el marxismo como la única pócima necesaria para la cura definitiva? La sociedad está enferma, solo el médico marxista con el set de herramientas puede diagnosticar su infortunio, pero las herramientas no son parte de esa enfermedad, han venido de una revelación última e inalienable: el Marx filósofo que nos brinda el remedio para cambiar el infortunio histórico.

Digámoslo de una vez, para continuar con el panegírico que hace el Doctor Borón –que a decir verdad parece más una coreografía al mejor estilo de la porrista oficial de un club de amigos que un análisis de filosofía política serio y responsable-. Lo que subyace en el desarrollo marxista de la guerra de clases, puede sintetizarse en un par de pilares: cuando finalmente la revolución tenga lugar, las condiciones objetivas dejarán al descubierto que no todos los seres humanos podrán y/o habrán seguido el ritmo de los acontecimientos. De esta manera, aparecerán sociedades atrasadas cuya condición es inaceptable para los fines superiores del destino hacia el camino emancipador, cosa que en la Europa de aquel entonces se identificaba con claridad. Para Marx y Engels eran los bretones, los escoceses y los serbios. Sociedades a las que estos escritores las indicaban prácticamente como “basura racial”, sujetas a la extinción dado que no solo sería imposible conducirlas a la revolución, sino que ellas serían una traba para llegar a ese destino superior.

Teniendo aquello presente entonces, debemos ahora adentrarnos al concepto de “buena sociedad” con el cual Borón pretende acariciar a su incauto público. El autor argumenta que la buena sociedad no es aquella cuyos indicadores económicos puedan ser buenos o crecientes, dado que ellos nada dicen sobre la conducta solidaria de sus participantes, o la distribución igualitaria de los recursos y posibilidades. Así, de un plumazo tenemos que Cuba y Venezuela, por caso, son sociedades más felices y buenas que Australia y Canadá. Es cierto que no menciona a estos últimos países en su desarrollo discursivo, pero dada su conceptualización, pueden ser perfectamente incorporados aquí como ejemplo contrario, dado el carácter supuestamente capitalista antisolidario que ellos representan. Es muy llamativa la interpretación que hace Borón sobre la solidaridad y el camino a la felicidad de una sistema como el cubano, en donde sus habitantes no pueden hacer uso de lo mejor de sus recursos –sus playas- para solaz y esparcimiento (parte esencial de un entorno feliz), sino que solo están posibilitadas al turista de ocasión, ciudadano capitalista que las utiliza para solazarse del trabajo de explotación que sufre en su entorno capitalista y que viene a dejar sus dólares para que sean utilizados por la burocracia planificadora, la cual, llevará a esa masa de imposibilitados cubanos –siempre imposibilitados circunstanciales por un motivo más que altruista, a no olvidar este punto-, al camino a la emancipación.  ¿Sinceramente alguien puede creer aún, en el siglo XXI, que se puede pensar en planificar un modelo de “buena sociedad” sobre la base de esclavizar “al bueno” para succionar los recursos que genera “el malo” sin que éste lo perciba hasta que, en el momento menos pensado y de un plumazo, todo se invierta? Sí, eso es lo que está sugiriendo el Doctor Borón, y no es más que la justificación de la esclavitud y la explotación de un empobrecido pueblo, por parte de una formidablemente bien apuntalada burocracia estatal, finamente sostenida por este tipo de argumentos de intelectuales útiles a tamaña injusticia. La “buena sociedad” que propone el señor Borón es en realidad la quintaescencia de la tiranía, que ha encontrado en esta forma marxista de argumentación el material necesario para autojustificarse. En Borón, también han encontrado al empleado del mes.

Los estados burgueses conspirando contra el edén socialista

Quitando uno que otro rapto de anticapitalismo histérico en el que se despachará haciendo falacias genéticas de la visión opuesta a la suya [13:30], en algo nos termina ayudando Borón, y es en desnudar las contradicciones de la idea marxista del carácter de clase del Estado [14:20]. Cabe mencionar muchísimas, que surgen de la observación de sus reflexiones: si los capitalistas están organizados como para decidir imponerse políticas antiliberales ¿por qué necesitarían al Estado en primer lugar? Y si no tienen la solidaridad de clase para realizarlo ¿cómo controlan al Estado? Ejemplo: para la mayoría de los marxistas incluso el intervencionismo es voluntad de las mismas empresas intervenidas, pero “en tanto clase”, no individualmente, ya que la competencia se los impediría. Ahora bien: si la competencia se los impide ¿cómo se organizaron hasta controlar al Estado en primer lugar? Supuestamente las “políticas sociales” gubernamentales son una medida orquestada por la burguesía en sus cúpulas de poder para apaciguar un supuesto automático odio de clases, o para impedir “crisis cíclicas” del mercado, etc. Ahora bien, dado este escenario conspirativo, podrían hacer demagogia y estas mismas clases dominantes autoimponerse salarios mínimos o precios máximos, sin necesidad de que ante el público aparezca precisamente como salvador el órgano de administración de las economías socialistas y con el cual se identifica el opuesto de los intereses capitalistas cuando es intervencionista: el Estado. Pero no pueden hacerlo; luego hay que explicar cómo existe el Estado que hace posible esa coordinación de clase, esa acción colectiva de miembros de una clase. Una clase que, como si fuera poco, por la naturaleza de todas las clases de una sociedad mercantil, está formada por miembros que tienden a defeccionar en una situación de solidaridad política como la que requeriría el intervencionismo estatal. Ya que si la condición para una acción colectiva de clase es el Estado, su dominio como “estado burgués” precede (no necesariamente o solamente en el orden temporalmente, sino en el analítico y lógico) al dominio organizado o consciente de la burguesía en cualquiera de sus formas.


Por supuesto esto es un problema para alguien que entiende el marxismo y lo adopta seriamente. No para Atilio Borón, para el cual los únicos estados clasistas en manos de la burguesía son aquellos que llevan a cabo políticas económicas liberales, como si los privilegios mercantilistas o corporativistas no pudieran convertirse en intereses individuales inmediatos de un sector empresario y ser convertidos en un contexto determinado en intereses de clase (errónea o acertadamente). Para Borón y su vulgar visión conspirativa del liberalismo, la burguesía es una gran organización de solidaridades políticas librecambistas, a su vez sin capacidad de ejercer poder sin ayuda del Estado (cosa que paradójicamente va a contrapelo del planteo citado de Wolin). Incluso su apoyo a políticas antiliberales se encuadra en parte de una conspiración pro-liberal, que es su lugar de llegada (contradiciendo con esto la más ecuánime posición de un Wright Mills). La paranoia asistemática continúa [14:43] y el doctor termina acusando al “imperio estadounidense” de mala voluntad por entorpecer el desarrollo del comunismo y el deseo magnánimo de los dirigentes comunistas de abolir sus estados. Ahora bien, si las leyes de la historia hacen depender a la revolución del deseo de sus enemigos de inmolarse, algo anda mal.


La explicación estalinista de la imposibilidad de la extinción del Estado que Borón cita [14:43] es una mala excusa para algo mucho más sencillo: no hay forma de conciliar la anarquía política con el autoritarismo económico. Tan simple como eso.
Como son los países más desarrollados los que debieron haber llegado primero al comunismo y no a la inversa [15:30], no puede ser que los países con grandes proletariados sean las armas para obstaculizar la realización del comunismo a manos de países con mayorías campesinas.

Atilio acude al viejo cuento contra el internacionalismo: cita la teoría del cerco para justificar en el marxismo la represión política interna, con todo lo que esto significa: la existencia de un Estado totalitario que persigue, elimine y asimila a los opositores al comunismo dentro de la propia clase proletaria “dominante”, coercionada así para servir al partido. Este descubrimiento jacobino de enemigos dentro de la misma clase, sólo puede justificarse acusándolos de ser agentes de las clases enemigas de otros países, y convirtiendo así en objeto de represión política a toda la población.

Finalmente las excusas de la teoría del cerco (los sabotajes, las conspiraciones señaladas a dedo, las represiones políticas a los propios fracasos), terminan, pues, legitimando lo que es en realidad la verdadera naturaleza de los estados socialistas: “la intervención del Estado en todos los órdenes” [17:27]. ¿Qué bloqueo sufría la pobre URSS que expandió igual o todavía más la intervención del Estado en todos los órdenes?

Atilio termina así, como era de esperarse, en una vergonzosa defensa del totalitarismo castrista [16:10], cansándonos otra vez con las denuncias falaces sobre un bloqueo que no es más que la prohibición del gobierno norteamericano a los demonios capitalistas yanquis de comerciar con Cuba, cosa que, por otra parte, no explica de dónde sacan los cubanos los recursos ahora que los subsidios soviéticos desaparecieron, y que tampoco explica la situación represiva y decadente que sufría el elefante soviético y el resto de los países satélites del Pacto de Varsovia.

La Revolución con mayúsculas, como proyecto de ingeniería social, necesita al Estado [18:52], pero no para defenderse, sino para construir artificialmente la sociedad y eliminar las relaciones sociales que ésta tiende espontáneamente a reconstruir. Agradezcamos a Atilio por sincerarlo. De cualquier forma puede tirar la toalla, porque la coagulación de la que habla dura tanto como dura el Estado revolucionario. Y por eso mismo éste nunca se les extingue. El perfeccionismo totalitario está en la médula del pensamiento ideológico (Kenneth Minogue) y de la construcción ideológica de la sociedad (Jacob Talmon).

El capitalismo contemporáneo, en cambio, si algo hizo posible fue debilitar el poder del Estado (el profesor trivializa, ningunea y hasta duda del carácter de izquierda de la obra de Hardt y Negri: ¿serán agentes de la CIA?). Claro que con estatismo se refiere Atilio [19:30], por supuesto, al aumento del tamaño de sus órganos represivos contra la violencia (estatismo malo, neoliberal, “burgués”), y no contra la actividad económica (estatismo bueno, popular, “socialista”). Sin embargo, algo que cada vez requiere menos la hegemonía de la sociedad burguesa es la represión estatal de la violencia revolucionaria radical o socialista entre las masas, y ya casi ni siquiera en los foquismos subversivos que intentan copar al Estado sin éstas. La única “amenaza” para la globalización de la sociedad mercantil o del “capital” como proceso social no son siquiera los izquierdistas ya en el poder de los estados que, aprovechándose de las noblezas de la propia sociedad burguesa, se han apoderado de los mismos. La mayor amenaza hoy por hoy no sería ni el engendro decadente de la Venezuela de Maduro, ni las dos dictaduras totalitarias que probablemente sean el último faro de su esperanza: Cuba y Norcorea. Paradójicamente, el aumento del poder estatal aplicado se ha dado de la mano de un aumento del intervencionismo, y ése es el único verdadero obstáculo al mercado.

Marx, el demócrata estatista contra la plutocracia liberal

Para Marx la estructura socioeconómica burguesa era la que hacía posible una igualdad social contractual base para una participación democrática. Pero, y he aquí el error del profe [20:55], si algo contra lo que el propio Marx está, es contra la democracia misma. En Marx, el igualitarismo democrático no es sólo un disfraz en la toma política de decisiones, sino una realidad en la formación de las mismas. Para Marx el acceso e influencia del electorado al poder político no era imposible, ya que las organizaciones políticas también compiten para servir a su voluntad, esto es, a las creencias en aquello que sean sus intereses (cuando él escribía el acceso al voto apenas rara vez era universal). La cuestión estriba, en realidad, en que el Estado sólo es un organismo represivo, y no un mecanismo de participación pública en la forma de organizar la sociedad. En este sentido Marx es un colectivista metodológico, y considera que el Estado o es burgués o es proletario. Un estado burgués en manos de una voluntad de muchos (por más socialistas que sean los votantes) no representa aun así el interés de clase de un proletariado revolucionario. El Estado no es neutral en Marx, aunque a veces parece que sí lo es (cosa que nunca se termina de dilucidar).

Para Marx el Estado amenaza a la burguesía por su sola existencia, y es una institución revolucionaria por naturaleza (siempre tendiendo a radicalizarse y a buscar bases sociales para dicha acción), independientemente de que imaginaras masas socialistas elijan electoralmente a un partido comunista o de que dicho partido alcance el poder mediante la violencia armada. Puede tratarse del bonapartismo o de cualquier fenómeno similar. Pero como el Estado se sostiene sobre mecanismos que, según Marx, dependen institucionalmente de la sociedad civil, su agresividad revolucionaria entraría en conflicto con sus condiciones de existencia. Esa es la visión que Marx tiene del conflicto de la sociedad burguesa con el Estado: una suerte de relación bidireccional de amor-odio.

El gran problema para Marx es la democracia misma como idea, ya que ésta implica, en lo público, un voluntarismo social constructivista, y en lo privado, una edificación política hecha en base a una igualdad social contractual de derechos burgueses (sea de la sola burguesía que pueda votar, o de todos los proletarios votando), y que en los hechos sólo se puede realizar como la violencia de una clase para dominar a otra en un orden de explotación. Por eso la dictadura del proletariado no puede ser un orden permanente y no tiene sentido considerarla una democracia en ningún sentido, ya que el control político del orden social es innecesario una vez que se eliminan las clases explotadoras.[9]

No tiene sentido, entonces, afirmar, como hace Borón, que “las democracias” toman decisiones y luego se ve sometida a la burguesía [23:00]. ¿No se trataba de que el gobierno democrático, siendo parte del Estado burgués, es un instrumento del mismo? No debería tener que torcerle la mano, siendo que dicho Estado es su mano. ¿En qué forma podrían haber llegado hasta allí enemigos de la burguesía sin una revolución obrera?

Borón se sorprende de la “brutal sinceridad” de Friedrich Hayek al afirmar que la democracia no es el principio rector del liberalismo sino el mercado y la propiedad. Es algo curioso su asombro [24:30], viniendo de alguien que dando clases de filosofía política debería saber que ya lo habían dicho Locke, Hume, Constant, Alberdi y tantos otros. El liberalismo (y su consecuencia el capitalismo) no tiene nada que ver con la democracia. Pero es la precondición de las libertades políticas, y con esta de la democracia, que es exactamente a lo que se refería Hayek, y que terminó demostrándose en los hechos. Sobre el muy bien financiado fraude mediático que se ha montado contra Hayek y Friedman respecto al caso chileno, el lector puede acceder a más información si sigue los siguientes links:

https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2011/05/26/hayek-pinochet-y-la-democracia/
Ahora bien, analicemos un poco el asunto para que no quede flotando esta confusión. Vamos por puntos, y demos la clase que jamás daría nuestro profesor “marxista”:

1) Distingamos liberalismo en la sociedad y liberalismo en la agenda política. Todas nuestras sociedades civiles mercantiles son liberales, pero todas están más o menos coercionadas por el Estado. Donde no hay liberalismo social, es porque no hay sociedad civil, y punto. A la inversa: todo gobierno es lo opuesto de la sociedad civil, es mando y no contrato, es antiliberal por naturaleza. Pero eso no significa que todos nuestros gobiernos tienen intenciones o programas antiliberales, ni que por tolerar o permitir mayor margen social de liberalismo (de dejar libre a la sociedad civil) sean todos pro-liberales. En tal sentido, muchos no son totalmente liberales por razones políticas, de Estado, coyunturales, partidarias, facciosas, ideológicas, técnicas, etc., y en gran medida estas razones se ven materializadas gracias a la presión que, vía el electorado, las ideas de izquierda o estatistas en general, han impuesto en la agenda de las administraciones. Resumiendo: nuestras sociedades no son democráticas, ya que si lo fueran serían construcciones sociales realizadas desde un poder político democrático (o sea: serían regímenes socialistas democráticos, sociedades planificadas y verticalistas sometidas a un comando democráticamente electo), pero esto no significa que nuestras sociedades libres (que son libres precisamente porque no son ni democráticas ni autocráticas ni cráticas en ningún sentido), no estén rodeadas por un poder ejecutivo colectivo en manos de una burocracia estatal, y que dicha organización sea de hecho democrática (o, mejor dicho, que se encuentre dirigida por una competencia de elites políticas tratando de negociar entre el favor electoral de las masas, el favor económico de empresas, sindicatos y fundaciones, y aquello que pueden lograr por su propia fuerza si el Estado si sus márgenes de acción no se encuentran limitados por el constitucionalismo liberal, que a su vez obtiene su fuerza del grado de dependencia de las burocracias políticas para con la sociedad civil de la cual depende).

2) Si nuestros gobiernos representativos multipartidarios estuvieran realmente limitados a las condiciones estructurales de la sociedad capitalista, esto es, a la igualdad de derechos de libertad individual negativa que son el basamento y corolario de nuestra sociedad mercantil, entonces las constituciones liberales se impondrían sobre los gobiernos e impedirían su degradación estatista, populista, mercantilista, corporativista y cualesquiera otras combinaciones de las mismas. Como sea, la precondición para dicho pluralismo democrático, en el cuál tales élites político-democráticas sobreviven, es el orden social capitalista. Abolirlo es hacer imposible el pluralismo y con éste la libertad política, y sin libertad política el poder político pierde todo significado excepto para los que lo pueden ejercerlo sin necesidad de poder disentir ni deliberar ya que son únicamente sujetos del poder, o sea, los dictadores de partido único. Precisamente el tipo de cultos a la personalidad que tan democráticamente Atilio Borón defiende, ninguno de los cuáles ha podido ser jamás ni podrá ser democrático. Y esa contradicción irresoluble es lo que tan bien explica Hayek en Camino de servidumbre, y por eso (ahora nos toca a nosotros hacer una falacia genética) es que necesitan estigmatizarlo y que nadie lo lea en la medida de lo posible.

La democracia volvió a instalarse en Chile, ya que regresaron las “libertades públicas” como Hayek había predicho, cosa que el profesor niega ridículamente [25:30] para intentar convertirlo en un promotor de una dictadura, cuando simplemente afirmó que una democracia puede a veces ayudar más a la creación de un gobierno totalitario que una dictadura. Recordemos que las únicas libertades valiosas para los populistas son las libertades políticas, siempre y cuando no estén ya ellos en el poder. Y en Chile lo estuvieron: la abolición de las libertades “públicas” (en realidad privadas) se encontraba en pleno auge durante el gobierno electo de Allende, al igual que hoy lo hace Maduro continuando el proyecto de Chávez.
Todavía en referencia a Chile, el profesor relata [25:45] que el “gobierno despótico” (el de Pinochet, claro) “generó enormes migraciones de población que tuvo que huir”. Hay que ser muy cínico para usar estos términos cuando se adecúan mucho mejor a la realidad de los regímenes comunistas que se defiende, cuya opresión social y persecución política a manos del Estado justifica en nombre de combatir al “cerco” capitalista, siendo que, en realidad, el único cerco es el que los marxistas tuvieron que crear para que la población no escapara de sus paraísos sociales. O, como dice Atilio, de sus “modelos de buena sociedad”.
Ya acudiendo a las más graves vulgaridades marxistoides, habla de “dictadura fascista” en Chile [25:50]. Es triste que alguien de cátedra como cientista político y no diferencie un gobierno militar autoritario de un régimen fascista. ¿Pero qué podemos esperar de alguien que culpa a Gene Sharp del desabastecimiento en Venezuela y en Chile? (fenómeno que, curiosamente, sólo ocurre cuando se aplican controles de precios).

Como se ha dicho, es en realidad para Marx que la opción por la democracia es instrumental, y para los cuales los derechos humanos son intrínsecamente liberales. Está en la médula de la sociedad burguesa y aun contra su voluntad el desarrollo de democracias políticas multipartidarias que resultan de las libertades políticas. Por el contrario, las sociedades socialistas destruyen el cimiento que las hace reales y no meras “participaciones” en demostraciones de unanimidad y amor al líder. Hay que darle algo de razón a Borón: la democracia no es necesaria para el liberalismo [26:00], y sin embargo existe aun a contrapelo de sus intereses. Y existe porque, por el contrario, el liberalismo es necesario para la democracia, y tiende a dar prosperidad a sus adversarios (y hasta a sus enemigos, como es fácil de demostrar en cualquier librería o viendo casi cualquier documental).

El pensamiento liberal es inseparable de la defensa de las condiciones sociales por las cuales existe dicha clase, lo que no significa, como pretende Borón [26:40], que represente la voluntad política eventual de la mayoría de los miembros de la misma en una sociedad dada (que en ciertas condiciones puede terminar virando ideológicamente hacia el proteccionismo y al corporativismo, beneficiándose en tanto individuos, al menos a corto plazo, pero perjudicándose como clase capitalista). A lo sumo “representa” o favorece el liberalismo sus intereses en tanto clase, pero el carácter de clase de estos intereses está delineado por la sociedad liberal que los estructura, y que se expresa en que están condicionados y limitados por el proceso mercantil contractual que es la base y defensa del pensamiento liberal. Por ende, en un sentido afirmar el clasismo del liberalismo es falaz, y en otro es tautológico.

El interés de las burguesías es consecuencia y no causa del pensamiento liberal, por la misma razón que las clases de la sociedad burguesa o mercantil (entre las que se incluye el proletariado) dependen de las causas institucionales de la misma, o sea, de la propiedad privada libre y absoluta (“burguesa”). Que el empresariado constituya la clase de los mayores beneficiarios en dicho orden no significa que sean sus únicos beneficiarios. Que en circunstancias determinadas estos mismos empresarios no puedan verse enfrentados a los intereses de su propia clase, que podría requerir ser reemplazada en cuanto a sus integrantes concretos. 

Afirmar, por otra parte, que los liberales critican a la democracia por un interés de clase es presumir que la voluntad popular es irremediablemente presa de la agitación socialista. Y este prejuicio deriva del prejuicio marxista por el cual las únicas clases beneficiadas por el capital son las de los empresarios y/o los prestadores de capital. Y esta es parte de la trampa que los marxistas se han hecho a sí mismos, que los ha llevado a preguntarse por qué no había socialismo en los Estados Unidos, y hoy se preguntan por qué casi no hay socialismo en ninguna parte.
 
Incluso sabiendo que las masas, apenas se aburguesan, quedan inmunizadas contra el marxismo, aun así la apuesta de los liberales no será por la democracia por principio. Lo que critican los liberales es la democracia como medio de organización social desde la política y lo que propugnan es la protección de los derechos individuales frente al poder del Estado, sea democrático o no. Para un liberal todos tienen intereses en no terminar sometidos a una organización socialista, y no sólo los empresarios. Es esta protección contra la organización estatal de la sociedad la que genera y regenera al capital, les guste o no a los que pretenden vendernos una democracia socialista. Y véase qué curioso: sí puede haber y hay hoy en las sociedades capitalistas gobiernos democráticos que eligen el socialismo, pero no es posible que en las sociedades socialistas haya democracias que elijan al capitalismo. Y no es porque estas supuestas democracias se encuentren acotadas o traicionadas, sino porque en un orden socialista los individuos no tienen independencia política respecto al poder colectivo, sea democrático o no.[10]

Paradójicamente, luego de estigmatizar a Hayek y utilizarlo para probar su malignidad burguesa, Borón afirma [26:54] que no ha habido en el siglo XX ni un solo autor liberal que apoyara primero a la democracia y luego a las bases por la que ésta es posible. Sin embargo, casi todo el espectro del pensamiento demoliberal adopta la democracia para no reprimir la voluntad popular por totalitaria que fuera, por no hablar del social-liberalismo de izquierda: los “liberals” norteamericanos que perdieron el camino intentando seguir las huellas de John Stuart Mill.

Ahora bien, los genuinos liberales, sean rawlsianos o nozickeanos, e incluso si son liberales socialistas como lo fue Kelsen, no pueden poner por encima la democracia política a los derechos del hombre, como sea que los entiendan (sea en forma de libertades negativas o positivas). Y esta defensa del constitucionalismo liberal está tan ligado a los intereses de la alta burguesía como podría estar ligada la defensa del derecho romano a los intereses de los grandes bufetes de abogados. ¿Debe sorprendernos que no encuentre ningún liberal defendiendo la democracia a rajatabla? No, en realidad, no, porque Atilio Borón encuentra la realización más plena de la democracia en los países socialistas, o sea, donde jamás hubo un control democrático del poder político, ya que ni siquiera hubo libertad de elegir a otro partido que el marxista en el poder. Si acaso nos cabe alguna duda, no hay más que seguir viendo el video. Para Borón, los liberales tuvieron que aceptar la democracia como un mal inevitable, producto de las “contradicciones del capitalismo”, producto de la “primera guerra mundial que les obligó a abrir el sufragio”, y producto de “la presencia de la Unión Soviética”. 
¿La presencia de la Unión Soviética? Ante nuestra ingenua sorpresa, nos preguntamos: ¿por qué habría de ser dicha presencia un aliciente para hacer elecciones libres? Y he aquí que Borón nos aclara de qué habla: “La Unión Soviética, en aquellos años de la posguerra, en donde se concedieron derechos políticos, laborales y sociales a grandes masas de las poblaciones europeas” [27:13]. ¡Derechos políticos, laborales y sociales! El profesor Atilio está hablando de la Europa controlada por Stalin, de la Rusia de los gulags y de la Ucrania hambreada artificialmente. Pero permanece, sin pausa, afirmando que el surgimiento de los populismos latinoamericanos fue una maniobra planeada para detener el contagio soviético. Que esto último sea cierto o no, poco interesa. Lo disparatado es que se considere a estos populismos un sucedáneo de menor valía que el maná de beneficios del paraíso soviético. Oculta, a la vez, que el surgimiento de los fascismos fue una forma totalitaria de esos populismos, cosa que refutaría la idea de que la forma de las burguesías europeas de competir por el amor del proletariado europeo, contra el demócrata Stalin, era el otorgamiento de libertades políticas para elegir partidos comunistas.

Curiosamente Borón mezcla estado de bienestar con populismo [27:25]. Ahora bien: tanto las reformas liberales como el desmantelamiento del estado de malestar keynesiano comenzaron a realizarse a fines de los 70s, y no en los 90s luego de la caída de la URSS [27:42]. La desregulación de los mercados no fue producto de que se acabara el miedo al contagio comunista, lo cual, además, si así hubiera sido, probaría que dicho contagio dependía del Komintern controlado por Rusia y no de las clases obreras de los países capitalistas. Si un miedo hubo al comunismo fue al que surgía del fracaso del keynesianismo, de una izquierda que inculpaba al mercado de los males del Estado que ellos mismos habían ayudado a crear.

Por otra parte: el populismo actual latinoamericano de izquierda, del chavismo y el kirchnerismo ¿también está construido conspirativamente por la burguesía para evitar una revolución comunista en Latinoamérica? Y si no es así ¿por qué el estatismo es funcional al capitalismo en un caso y disfuncional al capitalismo en el otro? Si el hecho de perjudicar a medias al capital para comprar la complacencia de un proletariado radicalizado, no es en sí mismo revolucionario y no engendra tensiones sociales mayores ¿por qué cuernos lo hacen los populistas de izquierda latinoamericanos? ¿por qué no se dirigen directamente al socialismo siendo que dicho estatismo a medias sólo sirve para reconciliar al proletariado con la burguesía? En rigor, vemos que el populismo latinoamericano ha implicado el prejuicio del capital y esto sin ninguna función para el mismo. Al fin y al cabo ¿no fue esa su eterna justificación que el cuento kirchnerista adoptó y que los peones de este neomarxismo quieren vender a las masas obreras con Pigna a la cabeza? ¿No afirmaban que los golpes de Estado estaban dirigidos contra estos líderes populistas que amenazaban los egoístas beneficios de la burguesía y que, para poder sostenerse en el poder contra sus embates, agitaban a las masas obreras contra ella? Ahora resulta que es exactamente al revés. Si tanto poder tiene la burguesía para suprimir mediante golpes militares (supuestamente pro-liberales) estos grandes éxitos populares que serían las reformas estatistas y que habrían reforzado sus vínculos sociales y políticos revolucionarios junto con su consciencia de clase, mucho más poder habrían tenido desde un principio para aplastar la agitación comunista en una situación en el que las clases estuvieran bien disciplinadas por el capital, con lo cual no hubieran necesitado acudir a ningún populismo para apagar un incendio rojo. El apoyo de los atilios borones a los populismos latinoamericanos revela el doble discurso subyacente, y nos muestra que sólo ellos se han favorecido de la mentira según la cual es posible apagar fuego con fuego.

La dialéctica como idealización del cambio

La transitoriedad de las instituciones no es lo que define a la dialéctica. Otro error del profesor. Que el capitalismo nos vaya a parecer aberrante en unas generaciones es pura especulación [28:30]. A lo sumo desaparecerá si se generaliza el pensamiento de que nos parezca aberrante, pero esto no significa que necesariamente lo sea. Por otro lado, la historia no es una suma de graduales pasos de lo peor a lo mejor, como para que pensemos que es más aberrante el pasado y no el presente. Si, con Marx, presumimos que las ideas de cada sociedad terminan siendo en última instancia adaptaciones legitimadores de la misma, la creencia en el carácter aberrante de las sociedades pasadas no implica que ese carácter sea tal: puede ser tan falso como la mistificación negativa que la sociedad burguesa ha hecho de la sociedad medieval. No hay más que recordar las descripciones idílicas que Engels nos hacía del pasado precapitalista de los obreros en Inglaterra y de su presente, como para suponer que para los comunistas el carácter supuestamente aberrante de la relación entre la nobleza con las aldeas campesinas no era una revelación sólo posible a posteriori del mundo feudal, sino una falsificación impuesta por la propia sociedad mercantil.

De la misma forma, pues, los comunistas les hablaban del “aberrante” pasado burgués a los pobres diablos que vivían tras la Cortina de Hierro. Y en este caso, y a diferencia de lo acontecido en el mundo capitalista, los historiadores no daban la menor posibilidad de disenso.

La historia sin cambio no es lo que Bell y Fukuyama intentaban demostrar [30:00]. Lo que criticaban es la idea de que el cambio va en un sentido. En ese sentido es el fin de la Historia con mayúsculas, y el fin de las ideologías que predicen dicho cambio. Para Bell los cambios ya no dependerían de luchas de clases, como había ocurrido hasta entonces en la modernidad, y como no había ocurrido tampoco en la premodernidad (¿revoluciones feudales?). O sea: Bell imaginaba algo parecido a los cambios sociales que Marx parecía augurar para la historia poscomunista: cambios sin lucha de clases. Fukuyama, uno de los padres del neoconservadorismo y un hegeliano coherente (mal descrito como “neoliberal”), afirmaba que la historia humana conservaría sus mayúsculas pero ya no se desarrollaría fuera de los cauces de los valores y premisas de la modernidad ilustrada: democracia multipartidaria, derechos humanos y economías de mercado.[11]

Es totalmente falso, pues, que la “historia” demuestra el carácter irreconciliable de las oposiciones de intereses, como repite dogmáticamente este fabricante de cuadros estalinistas [30:30]. El marxismo llama a las oposiciones de intereses como “contradicciones” imposibles de conciliarse salvo con la destrucción violenta y asimilación de una de las partes. Nada ha sucedido entre 1989 y el 2014 para que, de pronto, podamos volver a ver la historia con ese paradojal cinismo ingenuo con el que los comunistas edificaron su movimiento desde mediados del siglo XIX.[12]

El Armagedón capitalista

Borón recurre, finalmente, en este falso viaje por la teoría política de Marx, a un cuadro preapocalíptico de las desigualdades económicas, en cuya descripción se afana repitiendo sinónimos adjetivados, y que confunde con aumento de pobreza y conflicto:


http://www.elcato.org/publicaciones/ensayos/edc-pa-447.html

http://juanramonrallo.com/2014/01/las-mentiras-del-informe-oxfam/

http://salaimartin.com/randomthoughts/item/720-piketty-y-capital-en-el-siglo-xxi.html


Por tanto el supuesto retraso de las condiciones subjetivas para una revolución obrera [31:50] no se deberá, más bien, a que las condiciones objetivas para las mismas sencillamente no existen? O, mejor dicho, las condiciones están siempre que exista proletariado, lo que no existirán son las excusas que los partidos marxistas utilizan para reclutarlos. Y esto a pesar de que quienes realmente controlan la industria de la cultura en su aspecto ideológico es la izquierda, en prácticamente todos los ámbitos. Si las condiciones subjetivas pueden ir a contrapelo de las objetivas ¿por qué no puede ser que haya condiciones subjetivas para una revolución sin que se den las objetivas? Si las condiciones “objetivas” no bastan, sino que objetivamente es condición para una revolución social sus condiciones “subjetivas” ¿qué prueba que no basta con éstas para que la revolución se realice? Si basta con las condiciones subjetivas para mantener un statu quo aun cuando las condiciones objetivas no soportan dicho statu quo (que por el contrario implican, según los marxistas, que todo el sistema debiera estar colapsando en una gran crisis de superproducción o por una naturaleza devastada o por cuanta excusa izquierdista se le ocurra a Borón), entonces ¿por qué no suponer que bastan las condiciones subjetivas para derribar un estado de cosas aun cuando las condiciones “objetivas” siquiera tengan algo que ver con el panorama marxista? Seamos claros: ¿qué son las condiciones subjetivas para un proceso revolucionario sino un estado de creencia en que existen condiciones objetivas intolerables? Que no existan sectores numerosos de la población apoyando cualquier aventura armada y llevando a un grupo de bolcheviques al poder de un Estado, es resultado de la creencia en que las condiciones objetivas no son una pesadilla, y no el que sean “inevitables”. Con mucho, sería el recuerdo de las condiciones objetivas de la vida social bajo la dirigencia de un puñado de agitadores marxistas y burócratas comunistas, lo que hace que la gente no quiera salir a destruir el capitalismo. Si de alguien es la culpa entonces, es de gente como Atilio Borón, y no de la forma en que supuestamente la gente lee al Pato Donald. Porque sí sabemos cómo lee la media los mensajes de la industria de la cultura cuando se quita los pelos de la lengua: a la manera de Michael Moore y Noam Chomsky.

A esto Atilio Borón lo llama: “un trabajo ideológico para que la gente asuma la historicidad del capitalismo” [32:40]. ¿No se supone que son las condiciones de clase las que deberían hacer surgir a esta consciencia de clase, o a lo sumo en el seno de la misma a estas vanguardias intelectuales?

La abyección de los intelectuales orgánicos es inagotable: Borón no podía cerrar el video sin citar las profundas reflexiones del gran dictador [33:00]. Que hable de la voracidad del capitalismo sin que le tiemble la voz después de Chernobyl; que, para salvar el mundo de la voracidad sobre la naturaleza, debamos volver a ese mundo espartano en el cuál los burócratas leninistas suprimen el consumo sólo para derivar todos los recursos al gasto militar, es poco menos que insultante.

En resumen: la “batalla de ideas” (de los intelectuales que creen en el marxismo-leninismo), es el que hará aparecer al sujeto revolucionario, y no las condiciones sociales en las cuáles este sujeto vive. Y recuérdese, que si algo no hacen estos intelectuales, es vivir bajo esas condiciones. El marxismo seguirá siendo una de los mejores ejemplos de profecía autocumplida, pero dudo mucho que vuelva a serlo. Prueba de ello es que el sujeto revolucionario ahora son “todos” [34:00]. Todos están “ofendidos y oprimidos por el capitalismo”: los jóvenes (por culpa del capitalismo los oprimen los adultos), los indígenas (por culpa del capitalismo los ofenden los inmigrantes), los campesinos (por culpa del capitalismo los explotan los citadinos), las mujeres (por culpa del capitalismo las dominan los hombres), las minorías sexuales (por culpa del capitalismo los heterosexuales los persiguen). Parece que la posmodernidad le vino bastante bien a este marxismo de segunda mano.

¿Y la teoría política de Marx?

¿Qué tuvo que ver –nos preguntamos– toda esta perorata izquierdista-populista maniquea e histérica con la “teoría marxista de la política”? Absolutamente nada. Al final la clase terminó en una versión vulgarizada y berreta del marxismo latinoamericano; en un análisis social, económico y cultural demagógico, confuso y distorsionado. De la relación entre el Estado y la sociedad civil, nos dejó dos palabras del diamat soviético, algunas observaciones periféricas que el autor vincula conspirativamente con motivaciones políticas, y nada más. De la concepción marxiana del poder, o de filosofía política, en serio, nada. Si alguien se acerca gracias a este video a un conocimiento que se acerque aunque sea someramente a algunos complejos análisis de Marx sobre la relación entre el Estado y la sociedad civil, que se comunique inmediatamente con nosotros, y le daremos nuestras felicitaciones.
Poco más queda para decir, y poco caso tiene.




[1] En “El marxismo fuera del lugar”. Álvaro Bianchi. Realidad económica, N° 247. Noviembre 2009.
[3] Si acaso éstos pueden tratarse por separado de los económicos, filosóficos, sociológicos, etc.
[5] A finales de los años 80 cayó la URSS junto con el modelo económico socialista que ya había sido abortado en China, o sea: que en cuestión de 10 años todo el experimento socialista impuesto a sangre y fuego en medio planeta, supuesto nuevo orden social superador necesario y no contingente, había colapsado sobre sí mismo y en sus ruinas se regeneró el orden social supuestamente esclerosado y perimido que aquel venía a reemplazar. Por tanto, probablemente haya sido cierto –o hubiera sido al menos razonable– que las ciencias sociales (al menos las monopolizadas por la izquierda y por el marxismo) tuvieran que abrirse a análisis sociales que no fueran sólo izquierdistas o funcionales adaptaciones a los mismos. Este “destierro” de Marx no fue tal sino, con mucho, una desilusión respecto al mismo, y éste tampoco duró mucho: ya Revel estaría mostrando en 1999 cuál era el verdadero panorama ideológico de fin de siglo, en el cual todos los esfuerzos se habían dirigido para asegurarse que la caída del imperio soviético no se llevara cargada a su superestructura ideológica, o sea, al marxismo. Hoy estamos pagando el precio de que nadie haya entendido que el marxismo como teoría y praxis no podía desligarse de lo sucedido. Y cuando se relaciona, desgraciadamente se hace para defender a la URSS, y si no es así, para sancionar la URSS defendiendo el ideal comunista devenido en inmaculado. En ambos casos se justifica el revival más ciego del socialismo marxista como si los males del modelo opuesto probaran su validez. Apelan a los “horrores” de la desigualdad en el “capitalismo” o en el “neoliberalismo”, para darle la razón al marxismo, como si cualquier falencia del capitalismo le diera la razón a Marx, y como si incluso la validez de la crítica marxiana diera justificación alguna al proyecto comunista. Y todo esto se hace sin siquiera reparar en el hecho que la mayor parte de la denuncia antiliberal (véase, anticapitalista) de los movimientos antiglobalización se fundamenta, dimana y se sostiene en una “construcción de la realidad” (para usar una frase cara a nuestros sociólogos del desconocimiento) que proviene de lo que Aron llamaba “la vulgata marxista”, o sea, del set de prejuicios que los no-marxistas han adoptado de la escuela de Marx (con aderezos de Keynes, pero también en su versión marxistoide, o sea, postkeynesianos). Y no sólo eso: incluso esta propaganda proviene directamente de las mismas usinas intelectuales que ayer justificaban la existencia del Muro de Berlín y hoy legitiman el comunismo caribeño de los Castro. En fin, que este “destierro” a principios de los 90 del que habla Borón, no sólo no ha sido tal, sino que además ha sido responsabilidad del mismo marxismo.

[6] Que la de Marx sea una de las críticas más agudas, aunque no siempre válidas, a la sociedad mercantil (y la más ideológicamente eficiente para crear movimientos anticapitalistas) no es excusa para que los anticapitalistas la abracen a ciegas y todavía le rindan el tipo de culto que hizo posible que el propio marxismo se erigiera como cabeza del comunismo e ideología impuesta a la fuerza por las “dictaduras del proletaraido”. Incluso en las pocas veces que algunos marxistas tomaron distancia de lo sucedido en el este europeo y en indochina en nombre, naturalmente, de que aquello “no era el verdadero socialismo”, jamás se vio en éstos un intento siquiera somero de replantear o criticar los elementos de su propia doctrina que hacían posible (por no decir que favorecían) que el resto de los marxistas del mundo (prosoviéticos o maoístas) siguieran considerando “ciegamente” a aquello una forma de socialismo. Los que niegan el carácter socialista de estos regímenes ideológicamente marxistas (a pesar de la creencia en dicho carácter por parte de toda su población y de toda la intelectualidad marxista fuera de ésta), deberían estar percatándose de que un fenómeno generalizado de este tipo sólo puede entenderse como un ejemplo extremo de enajenación ideológica, del cual el marxismo –como doctrina oficial de esos estados– fue entonces parte absolutamente funcional. Nada de esto les hace ruido y no tienen plan alguno de cambiar el cristal con el que entienden a la sociedad civil y la política. La “teoría marxista de la política”, que hoy Borón ni siquiera intenta redimir, fue la que jamás cambió un ápice y que siguió apoyando la misma visión totalista y la misma praxis revolucionaria unipartidaria que llevó una y otra vez a la creación de los mismos regímenes, de cuyo ulterior desarrollo totalitario, por supuesto, algunos pueden renegar y lamentarse, cuando ya es tarde. Otros todavía hoy defienden su pasado sovietista con la misma naturalidad que lo hacen con el neoallendismo venezolano o la remake estalinista de Norcorea, sin siquiera juzgar el carácter nada progresista de la obsolescencia de un “mundo nuevo” que fracasó en la praxis en forma rotunda y patética, o sea, en un terreno por el cual este tenía adoración. ¿Se va a culpar al colectivismo centralizado del fracaso del socialismo, como si fuera una contingencia histórica fuera de toda profecía marxista, para imaginar un futuro asambleario sin autoridad central? Todavía hoy hay panegiristas como Raúl Zibechi, colega de Borón en esta campaña de propaganda, que intenta revendernos literalmente la mentira soviética con la que engañaron a tantos rusos. No sólo los soviets, también apela a los CDR cubanos y las comunas chinas, como formas de “democracia directa” superadoras del Estado burgués heredadas por los progresistas que las alientan sabiendo que en el futuro serán “su fin”, ocultando que fueron formas de organización totalitaria de la sociedad que dependen en lo medular (por necesidad) de las directivas de un movimiento único revolucionario o un partido único revolucionario dirigiendo a una guerrilla o un Estado si ya conquistaron el poder (jamás son independientes de éste, ni luego de la conquista del poder político por los revolucionarios, ni antes, ya que son éstos sus promotores y organizadores tutelares). Es este partido o movimiento el que establece sus condiciones, su disciplina, su ideología y hasta la cultura y la simbología política que deben adoptar. Para estos partidos únicos los “poderes populares” son meras extensiones y no entidades antiestatales con las que pudieran entrar en conflicto (desde Kronstadt sabemos lo que le sucede a un soviet si no sigue la línea comunista). Son y deben ser una extensión del Estado marxista, y una forma de autocontrol totalitario que hace a los ciudadanos partícipes del aplastamiento de su libertad individual. Marx ya había dejado en claro que la organización del proletariado en clase se daba en la forma de partido político. El colectivismo implica el centralismo más absoluto, y por eso toda asamblea depende de un ministerio. Si la Comuna de París pudo participativamente planificar su propia economía y sociedad lo ponemos en duda (al menos no fue libremente), pero si así fue, que algo similar pueda suceder a escala nacional requiere que exista una única comuna nacional, o bien muchas pequeñas economías separadas dentro de una misma nación. En cambio, si hay una única economía planificada nacional, la función de varias comunas será lateral o bien subordinada. No es novedad que estas formas de “poder popular” demuestren que se puede reemplazar al Estado, ya que toda comunidad agraria de aldea puede acaparar sus funciones políticas o compartirlas con un señorío no estatal, como parte autónoma en una sociedad segmentada y por tanto sin una economía compleja unificada. La cuestión que de aquí se habla es, aun en un segmento de la población de igual tamaño, un “poder popular” entendido como un poder total: una planificación consciente de todas las relaciones sociales de un pueblo por parte de todos sus integrantes coordinados colectivamente. Que el pueblo en asamblea se encargue de la misma tarea que un Estado socialista, o sea, organizar autoritariamente toda la vida económica y social, es algo muy distinto. Y, además, se pretende suplir estas funciones superestatales socialistas en toda una economía compleja y extensa. Ya no sólo es difícil una autoplanificación socioeconómica por parte de todos los que participan en dicha vida y cumplen funciones distintas a las directivas, se torna absolutamente imposible hacer lo mismo a la escala de una nación moderna sin una delegación burocrática.
Si el marxismo es un pensamiento dinámico que se caracteriza en particular por enriquecerse en los avances del proceso histórico (5:30), deberíamos preguntarnos qué aprendió del colapso soviético. ¿Que fue un mero retroceso de la historia? O sea: las fuerzas progresistas del socialismo marxista fueron vencidas por el ya muerto y enterrado capitalismo, que curiosamente pudo reconstruirse con los ladrillos del edificio destruido del socialismo. Esto no es un mero retroceso: es el capitalismo luego del socialismo.
El marxismo como análisis del capitalismo no sólo no tiene toda la verdad (6:40), y ni siquiera tiene algo de verdad. Es un sistema de pensamiento, y como tal no se lo puede desmembrar demasiado. Ergo, el marxismo como tal, o está en lo correcto en casi todos sus aspectos siendo prácticamente todas sus partes orgánicas entre sí, o no tiene nada de verdadero tomado en general, como un entero. Está equivocado. Ahora bien, esto no obsta para afirmar que un análisis del capitalismo no pueda prescindir de sus apreciaciones acertadas, pero y especialmente (aunque parezca paradójico) de sus gruesos errores, ya que tienen una riqueza de análisis como parte de su guerra por el comunismo, que incluso muchos autores marxistas y no marxistas han pasado por alto. Incluso la distinción de Coase entre “costos de transacción” y “costos de gestión” está basada en principios heurísticos similares a los que Marx usó para diferenciar “división social del trabajo” de “división técnica del trabajo”.

[9] Por supuesto esto implica considerar que Marx sabe que el Estado y la explotación de la demagogia estatista en democracia es útil, pero eso es otra cosa y tiene relación no con la doctrina marxiana escrita sino con la acción política del movimiento comunista que Marx ayudó a dar mejor forma y cuya utilización del Estado nunca puede fundamentarse dentro del sistema marxiano sin caer en contradicción. Obviamente esto no se encuentra tan claro en la letra de Marx, pero sí y mucho en su actividad política así como en los resultados de su doctrina: http://www.ilustracionliberal.com/51/marx-lenin-y-el-totalitarismo-mauricio-rojas.html

[10] Los liberales son los primeros en suponer, ingenuamente, que todo individuo enriquecido en el proceso mercantil y ligado culturalmente al mismo estará interesado per se en la limitación del poder político. Por esto los republicanos liberales pretendieron históricamente y sin excepción extender gradualmente la participación de más cantidad de gente en el control del poder político, en la medida en que esta gente se viera ligada a dicho orden social. Como el interés burgués o liberal sobre el poder político debe ser anónimo y representar a la sociedad como sistema por entero, los liberales siempre confiaron más en un mayor número de personas que en uno reducido capaz de organizarse contra el resto de los interesados (las famosas “facciones” corporativas que, a través de un aumento del poder estatal, pudieran saltearse el proceso de mercado), y por eso preferían el voto calificado en la medida que fuera necesario. En tanto tal calificación pudiera alcanzar a todos, lo mejor para los liberales era extender el sufragio, y llevados por ese convencimiento casi mesiánico terminaron extendiendo el voto a todos, incluso a destiempo del aburguesamiento que ellos mismos procuraban. Así llegamos al sufragio universal en Argentina, y de la misma forma los revolucionarios franceses de origen burgues terminaron reforzando el igualitarismo jacobino con la extensión de la participación política en una sociedad que no tenía dicho origen, y que si lo tenía no había progresado en la misma como para verse ligada a la misma. Que les haya sucedido a los que luego se convertirían en girondinos, es entendible: aprendieron la lección. Esperaron al momento oportuno. Pero que semejante error se volviera a cometer tantas veces a manos de los propios liberales, luego de lo acontecido incluso luego de la primera revolución rusa, muestra que los liberales pecan más por democratistas que por procapitalistas. Casi todos tendieron a abrir el sufragio universal apenas conquistaron el poder republicano otrora monopolizado por los remanentes de las monarquías absolutas hasta entrado el siglo XX cuando fueron barridas por la marea de la primera guerra. El resultado del republicanismo democrático, impuesto en sociedades con clases medias revolucionarias y clases bajas empobrecidas por la guerra, fue, salvo en el mundo angloprotestante y liberal-conservador, la caída en el precipicio del bolchevismo y el fascismo.
[11] En rigor, Fukuyama, como buen neocon, era mucho más un defensor de la democracia y la participación pública que de la economía de mercado que veía sólo como un medio para hacer posible aquella. No consideraba que el modelo liberal a la Hayek fuera el definitivo, y hasta abogaba por conciliarla con posiciones más socialdemócratas, pero siempre como parte de una deliberación democrática. Se habla mucho de Fukuyama pero nadie lo leyó. Se hizo de su libro un hombre de paja, de la misma manera que mucha gente cree que el argumento prekeynesiano del “derrame” (una idea al pasar de Smith que no tiene ni medio que ver con la ley de Say ni con el marginalismo) es la justificación de los liberales para los beneficios del capital.
[12] Y si, acaso, la historia muta y se transforma sin mantener nada del pasado, ya vemos que el socialismo ha sido superado por el propio capitalismo incluso antes de que este último desaparezca. Si algo nuevo llega, no será el comunismo ni la ideología que lo pregona como el fin de la prehistoria, como el fin de todos los conflictos. Si la dinámica de la historia es la lucha de clases, y si la historia es eternamente dinámica, entonces el comunismo jamás podrá existir de acuerdo a Atilio Borón, ya que entonces será el fin de la historia. A menos, claro está, que haya una historia que genere nuevas “contradicciones” sociales y revoluciones violentas pero sin clases sociales, lo cual sería raro de explicar, por decir poco. Pero, incluso si fuera así, no vemos cómo cuadra con la buena sociedad comunista un estado de mutación permanente y violenta resolución de los conflictos. En fin, que si este es el ideal de una buena sociedad, es más fácil entender de qué hablaban los poemas de Marx cuando gritaba loas al caos y la destrucción: hablaba del comunismo. Quizá hasta de Pol Pot.

domingo, 13 de abril de 2014

NO CUENTO CONTIGO

Hace unos días comenzó una campaña que se denominó:  "NO CUENTEN CONMIGO". La campaña se desarrolló luego de los linchamientos y, de alguna manera, terminó desviando el foco del problema. El escrito pueden leerlo haciendo click aquí.

Y a continuación un contraposición que he realizado y que considero necesaria.

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NO CUENTO CONTIGO


No


No cuento contigo.


Ni para salir a pedir justicia ni para celebrar la vida.

No cuento contigo para que formes parte de esto que ves como una masa de personas con las que te distancias mirándola, señalándola casi en forma acusatoria al grito de “ellos”, que nadie termina de definir en forma concreta pero que sirve para que tomes distancia de nosotros, nos definas como una facción opuesta en una guerra que dejas que se libre en cada esquina para legitimar, desde tu causa, solo un resultado posible; tu nosotros contra nuestro ellos.

No cuento contigo para disfrazar con eufemismos la brutalidad y la cobardía de esas personas que golpean con un martillo las cabezas de nuestros abuelos y con balas las de nuestra ciudadanía, hasta matar a un anciano indefenso o una embarazada asustada. Eso no tiene nada que ver con la injusticia de una sociedad que excluye creando delincuencia. El mal llamado delito por exclusión no es más que venganza por resentimiento, que viene acompañada de una pena sumaria irreparable. Muchos años antes del hecho de linchamiento la sociedad asiste tensa a la entrega de los cadáveres de sus hijos envueltos en bolsas de residuos saliendo de nuestras morgues. Y observa claramente que son escasos los hechos punitivos comparados con el tamaño de la desgracias que van creando, y mira estupefacta como se crean y recrean salvoconductos para el resguardo y la libertad de aquellos que extirparon las vidas de sus seres queridos. El aletargado procesamiento judicial generó sin dudas el precipitado procesamiento público y la inmediata ejecución de la pena en un formato que nos hizo retroceder miles de años en nuestra civilidad, sin dudas. Pero no olvides que se acumulan los años en que el delito parece nunca probarse lo suficiente para calmar la injusticia a la que se empuja a los deudos del obituario, sus amigos y vecinos. Muchos hemos visto situaciones similares; basta con ir a una cancha de fútbol, tomar un tren o montar una pequeña moto en madrugada para desplazarnos al trabajo, y aparecerá el punga, ladrón o asesino dando rienda suelta a su inconformismo. Y así, nos acorrala un embate imposible de evitar mediante razonamiento alguno, solo la huida o la entrega es la respuesta posible, de esta forma entregamos nuestras vidas al veredicto de esa acción criminal. Pero aun suponiendo que la exclusión es el móvil de ese encuentro, la pena a la que nos han expuesto como forma de venganza constituye algo mucho peor, más atroz, irremediable. Matar a un ciudadano que se desplaza a su trabajo por una moto de pequeña cilindrada o a un abuelo que ha cobrado su miserable jubilación por un puñado de monedas, es de un desprecio por la vida ajena tan condenable como el de un genocida o un torturador.


¿Qué los justifica para matar?


¿Qué los habilita?


Muchos de los que se rasgan las vestiduras gritando que es injusto pensar que la vida del delincuente no vale nada porque la comparan con el valor de una cartera, nada dicen cuando, por ese mismo valor, el delincuente mata al ciudadano que la posee. El valor de la vida nunca es subjetivo, es la vida misma, pero parece haber en ti un principio inamovible; la de cualquiera de nosotros vale mucho menos que la de ellos. Para ti, lo que es suficiente para que me cueste la vida a mí, es insuficiente para que le cueste la vida a él.

Lo que ocurrió aquella semana en barrio Azcuénaga fue la manifestación de un hartazgo motivado por delitos que campean con la misma libertad con la que se dio el linchamiento que termina decantando en una respuesta brutal. La impunidad de la que gozan los delincuentes, asumiendo ya el rol de verdugos, pareció liberar de cualquier pensamiento sobre responsabilidad cívica a cada una de las personas que intervinieron en ese acto, y se entregaron desproporcionadamente a hacer justicia por mano propia hartas ya de estar hartas. Pero la crítica que se centra en la supuesta celebración de esa muerte y que pretende construir un pensamiento políticamente correcto en una especie de apología antiliberal y anti ciudadana, pretende inducir sutilmente a la desaprobación social sobre las personas de bien. Y así, sería legítimo que sean ustedes quienes deban ejecutarnos; nosotros cargamos con ese muerto y deberíamos redimirnos porque es uno que forma parte de los intereses de ustedes, pero nunca a la inversa.


No.


No cuento contigo.


No se trata de un caso aislado: es algo que se viene repitiendo cada vez con mayor frecuencia y peores resultados, y es cierto que es como consecuencia de múltiples factores que no tengo intenciones de negar ni desconocer, que preocupan y duelen. Pero más duele ver hacia qué clase de sociedad tu intención pretende empujarme y cuan fuertes parecen ser las barricadas que has construido para separarme de la luz que ha dado el hombre. Cuando has corrompido las instituciones para que pujen las facciones en la toma del botín -que no es más que el monopolio de tu derecho desde el Estado-, se derrumban las reglas de convivencia, y en lugar de atender la seguridad y promover la justicia de todos, se incrementa el desasosiego y la injusticia de muchos: frente a lo que se ve ya como una ilegalidad cierta sobre las garantías para con el delito, el riesgo al cual me has entregado no hace más que amplificarse mostrándose crudo ante mí, que para vos soy parte de “ellos”. Tu violencia engendra violencia. La cultura a la que intentas empujarme con tus muertes, solo puedo combatirla con la contracultura de mi vida. La ley de la jungla con la cual me encarcelaste con tus malas intenciones disfrazadas de garantías, es cierto, nunca puede ser mi solución.


Así que no.


No cuento contigo.


Aunque cumplas con muchos de mis sufrimientos, porque precisamente eres uno como yo -por más que quieras diferenciarte viéndome como parte de "ellos"-, aunque te angusties por cada uno de los hechos de violencia a los que asistimos a diario, aunque hayas sufrido el dolor de ver a tu abuela con la cara desfigurada por los golpes cuando la arrastraron para arrebatarle la cartera; aunque te hayas abrumado de impotencia al ver a tu madre llorando porque la habían asaltado, aunque sientas el temblor y la angustia que te provoca el solo pensar que tu hijo será el próximo al que encañonarán para robarle un celular: Sé perfectamente que no puedo contar contigo.

Sí, eres parte de esa gente que intenta desintegrarme, sé que no puedo contar contigo, es imposible hacerlo. No solo porque nunca estuviste aquí, sino, probablemente, porque nunca hizo falta tu compañía.

lunes, 24 de marzo de 2014

LA COMPETITIVIDAD DE UNA ARGENTINA A DIETA


Si repasamos el grueso de los análisis económicos que desde las más diversas vertientes intentan aproximar el problema de la competitividad argentina, podremos encontrar una expresión que se reitera sistemáticamente y no es puesta en cuestión por ninguno de ellos: "La competitividad ganada con la devaluación se va perdiendo a costa de la inflación". Es preciso entonces hacer un intento por desentrañar el mito que relaciona una devaluación a una ganancia de competitividad.

Cuando se presenta una devaluación en un sistema te tipo de cambio controlado como el argentino, lo que está sucediendo es que el organismo de control induce a un cambio en el número con el que se contabiliza un bien producido en argentina, respecto al número con que se contabiliza un bien producido en el extranjero. De esta manera, si antes de la devaluación, 100 pesos que se cambiaban por 6 dólares representaban la producción de 5 bienes en argentina y 5 bienes en el extranjero, luego de una devaluación inducida de, digamos, un 100%, esos mismos 100 pesos podrán cambiarse por tan solo 3 dólares. Este cambio de magnitud hará que el extranjero con los 6 dólares disponibles originalmente, ahora pueda hacerse de 200 pesos, lo que le permitirá adquirir 10 bienes argentinos. En tanto que para un argentino que pretenda hacerse con 5 bienes extranjeros, deberá procurar 6 dólares, lo que lo llevará a tener que contar con 200 pesos. ¿Qué ha sucedido?

Dado que se ha doblado la cantidad de número con la que contabilizamos, ahora los bienes del extranjero son más caros para un argentino y los bienes argentinos son más baratos para un extranjero. Este abaratamiento de los bienes argentinos en términos internacionales no muestra una ganancia de competitividad, sino un cambio en los números con los cuales se hacen las cuentas para pactar un intercambio. No puede haber ganancias de competitividad reduciendo la posibilidad de captar del extranjero su producción respecto de la producción local. Para decirlo en forma clara: Ha perdido poder de compra el parámetro con el cual se miden las remuneraciones locales respecto del extranjero: Nuestra estructura se ha envilecido; el país que ha devaluado se empobreció. Llamar al empobrecimiento como una “ganancia de competitividad”, recrea un contexto en donde quien ofrece un trabajo determinado es el pato de la fiesta, y los clásicos empresarios acomodaticios con el poder político de turno, los sibaritas del festín que sobrevendrá tras los nuevos parámetros.

Para que el análisis anterior pueda ser más claro aún, me valdré de un ejemplo sencillo que conjuga esta problematización y pone en contexto de interpretación, aquello que se esconde tras el velo que nadie parece tener intención por correr sobre la tan mencionada competitividad ganada vía devaluación. Medida harto reclamada por los clásicos sectores empresariales argentinos cuyas ganancias dependen de los procesos exportadores y el comercio internacional.

Supongamos que una persona que comienza una dieta debido a un exceso de peso que amenaza su salud, da con un profesional que, antes de optar por la difícil vía de programar el cumplimiento de un estricto sistema alimenticio -conjuntamente a un efectivo programa aeróbico-, se dispone a contentar a su paciente a corto plazo, creando la ficción de una reducción de peso mediante el cambio de escala de los números de la balanza con la cual pondera su peso. El paciente verá que conforme pasan las semanas, la balanza con la cual lo mide el profesional irá mostrando parámetros que disminuyen según transcurren los días de tratamiento. Si no hay información suficiente que pueda poner sobre aviso a nuestro paciente, continuará en su peso original absorbiendo la ficción de estar ciertamente en un proceso de adelgazamiento. Sin dudas sobrevendrá el momento en que algún allegado le indicará a nuestro desdichado paciente que no ha evidenciado cambio alguno desde el inicio del tratamiento, y es probable que haya un conflicto ante la cruda evidencia de la verdad: ¿Nuestro paciente habrá realmente bajado de peso si de un mes a otro, debido a los parámetros cambiantes de la balanza con la cual se mide, observa que antes pesaba 150 Kilogramos y ahora tan solo 100?

Para que en nuestro ejemplo pueda ser alcanzada la meta de adelgazamiento preestablecida, deberá formalizarse un protocolo de seguimiento serio y responsable. Y nuestro paciente al menos deberá observar si la vestimenta que ajustaba la simetría de su cuerpo pasó a quedar holgada luego del supuesto cambio de peso, o continúa con el mismo calce. Si los datos que muestra la balanza decrecen, a la vez que la ropa que contiene su cuerpo se torna imposible de calzar, se vislumbrará un problema, y puede ser relativamente sencillo detectar rápidamente quien o que cosa es el causante de tal anomalía. En nuestro caso, el profesional responsable que optó por cambiar la escala de medida con la cual traza el seguimiento del paciente, descartando la opción por mejorar el estado del mismo vía una dieta progresiva y el cumplimiento estricto de metas a ser alcanzadas, tal cual sería el objetivo.

Volviendo al tan repetitivo tema de la competitividad, debemos decir claramente que solo se gana competitividad produciendo hoy más y mejor de lo que lo hacíamos ayer con los mismos recursos: Y aquí la palabra es productividad; solo se puede ganar competitividad si mejoran los niveles de productividad.

Creer que hemos ganado competitividad porque ahora podemos, potencialmente, vender más al extranjero de lo que el extranjero puede vendernos debido a la pérdida de sustancia del número con el cual nos medimos en el comercio internacional, es exactamente lo mismo que creer que hemos adelgazado luego de que un cambio en los números de la balanza con la cual nos pesan, nos muestran hoy, un número inferior que el observado ayer.

¿Hasta cuándo continuaremos construyendo una ficción montada sobre un concepto anómalo, creyendo una y mil veces que tocando esos parámetros, dejaremos atrás nuestros históricos dilemas de escasa competitividad -que ha ciencia cierta no son otra cosa que la muestra objetiva de nuestra escasa productividad-?

viernes, 21 de marzo de 2014

Riqueza, Pobreza y Competencia

Una explicación al respecto de la pobreza y la estructura económica que, espero, puedan comprender todos, o la mayor cantidad de personas posible. Voy a parangonar la productividad de una economía con el desarrollo de una carrera de Fórmula 1.

Como es sabido –aunque hoy es puesto en duda-, la Fórmula uno es la categoría máxima del automovilismo mundial, por lo tanto, quienes tengan un lugar ahí, estarán en la élite de sus respectivos conocimientos y desarrollos. Como sabemos también, en la categoría hay equipos que prácticamente están condenados a ser meros participantes, aunque su objetivo pasa por mantenerse ahí, en el pináculo: Son cola de león, y de alguna manera prefieren ese estatus a ser cabeza de ratón; ser últimos en Fórmula uno en muchos aspectos es mejor a ser primeros en Fórmula Máster, y es más duro ser el último de los primeros que el primero de los últimos.

Para que un vehículo pueda largar una carrera de Fórmula uno, no debe ser más lento que el 7% de la velocidad del vehículo más rápido. Un ejemplo; si la vuelta del vehículo más velos al momento en que clasifican para largar la carrera es de un minuto –el tiempo más veloz de todos los que realizan una vuelta completa a ritmo lanzado-, el auto más lento no puede largar si no da la vuelta en, al menos, 64,2 segundos –se descuenta el 7% que serían 4,2 segundos-. O sea, si lo hace en un minuto 4 segundos y dos décimas -64,2 segundos-, no larga, queda excluido. ¿Por qué? Precisamente porque su lentitud lo hará transformar en un estorbo para el espectáculo, para la competencia, poniendo en riesgo de accidente la misma entre otras cosas –como no cumplir con el estándar velocista que la categoría prevé-.

Un punto aquí, imaginemos que “los ricos” son el techo y medición de parámetro de “los pobres”. Cuando más veloces los equipos ricos, más necesitaran mejorar velocidad los equipos pobres. Esto puede lograrse en parte porque los equipos ricos transfieren material ya probado a los equipos pobres cuando descartan por otros nuevos, así, la transferencia técnica más la experticia e ideas con escasos recursos de los equipos pobres, logran que éstos mejoren proporcionalmente van mejorando los ricos. Suele suceder que de tanto en tanto, equipos de cola muestran avances importantes haciendo rendir más los viejos materiales de lo que lo hacían rendir en su momento los equipos ricos cuando los utilizaban. De esta manera y bajo esa dinámica, muchas veces, el incentivo de los ingenieros jóvenes en los equipos chicos crece y es el combustible que los mantiene activos y atentos a nuevas ideas, puesto que éstos son una especie de vidriera para los más grandes. Cuando este tipo de ideas y saltos aparecen, los equipos grandes solicitan a los pequeños esos ingenieros –muchas veces intentan robarlos con suculentas cifras bien tentadoras-. En paralelo, y si los equipos pequeños ha conseguido previamente –gracias a esas ideas que se plasmaron en pista-, el golpe de efecto suficiente para captar una esponsorización acorde y de la mano de haber sido un equipo revelación, muchas veces retienen ese acervo de conocimiento pudiendo mejorar el pago de esos ingenieros y comienzan a avanzar en la grilla, llegando a competir con los grandes. Ha sucedido muchas veces, y de hecho volverá a suceder. Ahora imaginemos a una economía.

Como es históricamente innegable, la separación entre ricos y pobres es uno de los grandes temas que siempre están presentes; ¿Qué cosa es lo que separa a estos extremos? ¿Cómo acortar esas brechas? ¿Cuáles son los incentivos para hacerlo y de qué manera incorporarlos? ¿Qué estado se puede definir como riqueza y cual como pobreza?

Aquí una de las cosas que siempre es motivo de discusión es la mirada en términos absolutos o relativos del fenómeno. Y también aquí suela apelarse a la metáfora de la cola del león y la cabeza del ratón. Desde la visión relativa suele sostenerse que un pobre en estados Unidos tendría el nivel de consumo y las necesidades resueltas en mayor medida que un rico en la República de Chad; el primero correría en la categoría máxima cumpliendo la regla del 7% en tanto que el segundo correría en una categoría zonal. Sin embargo, el pobre en Estados Unidos, innegablemente, es efectivamente pobre y compararse con el ciudadano de Chad no lo hace rico y es deseable que tanto uno como otro salgan definitivamente de ese estado. Sin embargo no hay que perder de vista que sus pobrezas se miden con el techo que ha generado la riqueza: Cuanto más alto el techo de generación de una economía, tanto más alto el piso con el que se mide la pobreza; las necesidades básicas de la república de Chad pasan por ver cómo mantener la vida más allá de los 40 años de edad. Las necesidades básicas de Estados Unidos pasan por cambiar el nivel proteico de la dieta, elevar la cantidad de metros cuadrados de vivienda con comodidades estándar, poder acceder a un medio de movilidad independiente y poseer conectividad. La alimentación, la protección contra las inclemencias naturales, el resguardo ante el frío en invierno y el solaz ante el calor en verano, suelen ser un aspecto ya suplido (no olvidar los homeless, los hay en todas las economías y en todo momento histórico, lamentablemente).

¿Qué es lo que hace que una persona que pertenece al sector denominado pobre de un lugar, esté en mejores condiciones que otra denominada en la misma categoría en otro? Reitero, el techo con el cual se miden.

Si en el ejemplo la búsqueda de mayor velocidad de los equipos fuertes en cierta medida beneficiaba al impulso de los equipos débiles, en la economía sucede lo mismo. La búsqueda de mayor ganancia mediante la competencia del sector empresarial vía innovación, eleva el techo de productividad estructural de la economía acelerando el proceso de transferencia de bienes y servicios que van siendo captados por todas las capas de la población. Los costos bajan progresivamente y, con ellos, los precios, transformando así en accesibles bienes que anteriormente eran una utopía poder ser alcanzados por las capas inferiores de consumo. En 1991 un giga de almacenamiento costaba aproximadamente unos 10 mil dólares, hoy lo podemos adquirir multiplicado por 8 en un pendrive que a precio de mercado no cuesta más allá de 80 pesos -lo que en 1991 habría costado 80 mil dólares hoy lo adquirimos con tan solo diez dólares-.

De la misma manera, en la medida que la competencia se acelere y los jugadores pretendan mantener ciertos estándares de excelencia, el proceso se realimenta dejando atrás los círculos de pobreza eterna. Sí, la pobreza absoluta parece no encontrar una salida; de la misma manera que no todos pueden ganar en una carrera de Fórmula 1 -y menos aún hacerlo todos al mismo tiempo-, no todos podemos ser ricos en extremo y al mismo tiempo. No al menos en este tramo de la historia de la humanidad.

Solo los incrementos de productividad son los responsables de sacar a la humanidad de la pobreza, no existe otra cosa; el voluntarismo solo la ha sumido en luchas, desencuentros, desconcierto, desidia y, finalmente, pobreza.

Es paradójico que siguiendo los mismos parámetros, alguien con ideas afines al socialismo comunista que lea este escrito, seguramente detestaría mi posición. Sin embargo, se identifica con un sistema que se ha caracterizado por agrandar la brecha que entre los extremos se presenta. En efecto, cuando cae el muro de Berlín, pudo observarse cruda y cabalmente que solo unos pocos burócratas podían vivir como una persona de clase media en una sociedad capitalista y el resto de la sociedad vivía como lo había hecho el sistema de mercado casi medio siglo antes; en 1990 vivían rodeados de artefactos similares a los que el mundo capitalista había descartado en 1950. Y, finalmente, el extremo pobre de esa sociedad socialista, en la categoría de los homeless del mundo capitalista; recibiendo limosna del turismo y palos de la policía en la plaza roja. .

¿En qué está pensando un comunista cuando ataca una postura realista sobre la acción de producción y transferencia vía incentivos tildando a ésta como una apología de los poderosos contra los desposeídos a la par de estar buscando un igualitarismo que ha demostrado una y mil veces que decanta en pobreza generalizada?

Por momentos creo que piensa, una y otra y otra vez, en jugar en las categorías chicas. Se sabe apto para ser líder en un entorno de baja altura, y se sabe tan solo un elemento ínfimo y efímero en una sociedad de techo alto.

jueves, 20 de marzo de 2014

EL ORDEN KIRCHNERISTA

Roberto Feletti, ex Viceministro de Economía de la República Argentina y actual Diputado Nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por el Kirchernismo, indica que dejarán en 2015: "Un país ordenado".

En efecto, ORDENADO con los punteros amigos para que tomen la cantidad de predios necesarios para poner en tensión a la próxima administración.

ORDENADO con los punteros gremiales amigos dejando el terreno político necesario para erosionar al próximo gobierno desde la presión.

ORDENADO con los punteros artistas amigos y subsidiados -que no son pocos-, para que, a partir de la próxima administración, comiencen a pensar guiones de teatro, novelas, música y otras artes a favor de ironizar y erosionarla.

ORDENADO con lo más rancio del progresismo nacionalpopulista para que, desde los lugares en donde éste está enquistado -claustros, instituciones de derechos humanos, organizaciones no gubernamentales y ecologistas, entre otras-, se desprestigie cualquier intento de buscar eficiencia por parte del próximo gobierno.

ORDENADO con gran parte del periodismo oficialista para que no olviden entronizar las nuevas estructuras a medida que se desarrolle la diáspora.

ORDENADO con los empresarios amigos para que éstos presionen -mediante lobbying-, cualquier intento de abrir las compuertas de la economía que pueda amenazar el status quo logrado con la década kirchnerista. De esta forma, quedará todo ORDENADO para imposibilitar a la nueva administración lo necesario para comenzar a torcer el rumbo de la economía, como inversiones, capital y tecnología de punta tanto de producto como de proceso.

¿ORDENADO en las cuentas que encontrarán los nuevos administradores? Imposible. Está todo en rojo.

¿ORDENADO en la infraestructura con la que contará el sistema productivo argentino? Imposible, está gran parte de ella destruida y agotada.

¿ORDENADO en lo que atañe al sistema educativo y la actualización que desde el sería dable esperar para mejorar la calidad cognitiva de las próximas generaciones? Imposible, está un siglo retrasado.

¿ORDENADO en tanto las instituciones de seguridad que deben velar por la protección de las fronteras, de los ciudadanos y la amenaza externa? Imposible, están carcomidos por la corrupción y la desidia.

¿ORDENADO en cuanto a los números clave de la macroeconomía? Imposible, el sistema de subsidios creado y la maraña de dependencias cruzadas que ello implica, tornan casi como una utopía que la nueva administración pueda desenvolverse con margenes amplios de decisión sobre el corsé creado por el actual gobierno.

¿De que habla este burócrata de carrera cuando habla de orden?

Entiendo que ha de referirse al propio status quo kirchnerista. La declaración de este especulador político no es más que un intento por generar una especie de sensación para apuntalar el operativo retorno, cuando efectivamente, luego de haberse retirado del poder, comiencen a erosionar a la próxima administración desde la maraña de trabas que van a dejar, arte que las huestes kirchneristas realizan casi a la perfección.


miércoles, 19 de marzo de 2014

INFLACIÓN HETERODOXA

Para algunas -bastantes-, personas que se dedican a analizar la cosa económica y son, por así decirlo, oficialistas, definen a la inflación como "una construcción histórica". Es increíble.

Realmente increíble que haya lectores que creen que pueden tomar esa definición como algo serio. ¿Acaso no podríamos decir que "la emoción ante el triunfo es una construcción histórica" o que "el miedo al rechazo es una construcción histórica"? Obviamente, sí. Pero precisamente, el punto, creo, es que pareciendo decir mucho, en realidad no se dice nada, y muchos de los oficialistas -o no tanto-, que coquetean con esa cosa a la que llaman progresismo, se comen esa apariencia conceptual voluptuosa y hasta osan regodearse ante nosotros con cierta petulancia intelectual, sin advertir que solo acarician un vacío total y completo, que los lleva siempre a no decir absolutamente nada que pueda dejar algo de fertilidad como conocimiento. Volvamos a pensarlo: "la inflación es un a construcción histórica"; ¿Te dice algo?

En realidad se diría algo -aunque con una apariencia conceptual mucho más humilde y sin tanta petulancia, es cierto-, si decimos, sencillamente, que la inflación es un proceso mediante el cual el medio generalmente aceptado por una sociedad para realizar sus intercambios, comienza a perder aceptación general: No hay mucho más que eso; LA INFLACIÓN EN ARGENTINA ES LA PERDIDA DE ACEPTACIÓN DEL PESO COMO MEDIO DE PAGO, RESERVA DE VALOR Y UNIDAD DE CUENTA.

Quienes descansan en pesarla como una "construcción histórica", luego achacarán la suba del nivel de precios a la mano negra de los oligopolios y las corporaciones, deglutiendo la apariencia del fenómeno y no advirtiendo que lo que ven como subida de precios, en esencia es una perdida de valor del dinero. Hay que dejar en claro que seguir con esa cantinela es continuar esquivando el problema sin atacar su verdadera causa.

No obstante esto, ya hay sesudos analistas -oificialistas y de los otros-, que proponen como "medida heterodoxa" un ¡¡ CONGELAMIENTO DE PRECIOS!!. Es increíble...

Pensar en un congelamiento de precios a esta altura del siglo XXI es algo así como proponer para el mejoramiento tecnológico de la marina mercante y bajar los costos de transporte y velocidad de traslado, la incorporación de astrolabios en reemplazo de los navegadores GPS...

Hilarante penumbra heterodoxa...


sábado, 15 de febrero de 2014

VENEZUELA.

Tan solo un par de preguntas.

Si un gobierno pretende el control de la ciudadanía hasta las últimas consecuencias y, si para tener ese control posee un ejército armado hasta los dientes; ¿Que creería usted que se aproxima más a una verdad?

1- Que en un momento de descontrol creciente y del cual tal gobierno percibe riesgo cierto de ser superado pueda haber muertes por la vía de la represión como efecto ejemplificador que pueda inducir al sosiego, o.

2- Que puede haber grupos de personas que, en forma premeditada, contratarían francotiradores para matar a sus propios compañeros y con eso poder culpabilizar a ese mismo gobierno que, siendo ejemplo de bondad -aunque armado hasta los dientes-, sería desde este punto de vista una pobre víctima de un conjuro liberal internacional premeditado, que pretendería continuar profundizando la exclusión de la sociedad civil a millones de personas, y de las cuales interesaría particularmente mantener en la extrema pobreza.

Yo me inclino por el planteo 1. ¿Vos?
























domingo, 26 de enero de 2014

CRISTINA KIRCHNER FUE A CUBA A BUSCAR UNA VERDAD

En las últimas horas, y ante una sucesión de eventos impredecibles que atañen a la política económica, nuevamente la presidente argentina ha optado por la opción de fuga, aunque con algunas diferencias de destino: Si en otros momentos de tensión la fuga se dio con destino interno -El Calafate-, ahora optó por un desafío superior; Cuba.

El significado simbólico desde lo político que presenta este destino, amerita un pequeño intento por presentar lo que sería la estrategia de la presidente dadas las circunstancias impredecibles a las que nos tiene acostumbrados y, también, como no, la humilde recomendación de este pequeño ciudadano.

Parece ser entonces que la última jugada de Cristina es bastante estratégica y no menos elucubrada con esa clásica agudeza de visión de contexto y momento; sus movimientos no solo serán para la tropa propia, sino también para círculos rojos cercanos. Me explico.

Volverá de Cuba con con los jirones de Fidel Castro para que lo atiendan como un Rey en el hotel del Calafate (ya negoció paz y tranquilidad para el viejo dictador en sus últimos días). Luego, apelando a la tradición mortuoria de los movimientos socialistas totalitarios, embalsamarán a esa reliquia que llaman líder y la pasearán por todo el país. De esta manera sellarán el mito y asegurarán 7 generaciones más de idiotez utopicista.

Es probable también que hayan sellado un doble beneficio; por un lado, un intento por lograr la distracción adecuada para lo que resta de gobierno cristinista, y por el otro, descomprimir al viejo dictador de la amargura de presenciar -en sus últimos días-, la lenta pero inexorable liberalización de la que otrora fuera su isla.

En efecto, un marchito Fidel habría transmitido a nuestra mandataria lo insoportable de presenciar el sangrado de aquello que se apropió durante toda una vida para moldearlo a su gusto y medida, y sentir no solo el desvanecimiento de esa meta, sino la punción de una pregunta incómoda que retumba en su cabeza, que sería la siguiente; "¿Y si en realidad eso que he transmitido como anhelo universal, y con flemática firmeza a lo largo de mi vida, es tan solo un trozo de ego propio?". Podría ser que la interpelación violenta de esta pregunta habría empujado al dictador caribeño a cambiar de aposentos en sus últimos días y mudar su distracción al Calafate.

De todas maneras hay un problema con la propuesta de Cristina, y es probable que el aún chúcaro Fidel la ponga en vereda con la sola mención a su momificación, puesto que esto supondría su muerte antes de 2015, y el dictador aún conserva la fuerza mental suficiente y el grado de malicia necesaria como para pensar que todavía no quiere morir. Y aquí entonces mi humilde recomendación.

¿No sería más sencillo, menos costoso, sin riesgo y calzado al momento histórico, sugerir a ambos personajes que intenten ayuda mutua para minimizar el golpe de enfrentarse a sus inexorables caídas?

¿No podríamos acaso poner por un lado al dictador ante la verdad en sus últimos días para brindarle paz, mostrando que Cuba no se desangra sino que, por el contrario, se encuentra absorbiendo más suero conforme la proporción de líquido que pierde el viejo tirano que la llevó a ese lecho?

¿Será muy complicado enfrentar a la diva argentina ante la verdad que muestra los síntomas claros del lento pero inexorable sangrado de su propia utopía, esa que al igual que reverbera en aquella pregunta que campea los esos del marchito anciano, no sería más que un trozo de ego personalista travestido en anhelo universal?

¿Será posible?



jueves, 23 de enero de 2014

VÍCTOR HUGO MORALES. UN PERSONAJE PELIGROSO.

Dada mi tendencia al masoquismo conceptual, pero también a mi necesidad de estar medianamente informado y no hablar por boca de jarro, hoy me tapé la nariz y cerré los ojos como quien se tira a nadar en un charco de materia fecal, y sintonicé radio continental para escuchar el editorial de Victor Hugo Morales luego de la reaparición de Cristina Fernandez de Kirchner. Esperaba muchas referencias a las palabras “neoliberalismo” “corporaciones” y “poderosos”, aunque no tantas veces repetidas –como efectivamente sucedió-, con tan pocos segundos de separación entre pronunciación y pronunciación.

Si bien no es novedad que el uruguayo emane esta especie de piñas al aire y al revoleo (de hecho ha escrito un libro que se llama “Un Grito en el Desierto”), el guion de su editorial es preocupante, precisamente por el camino que tomó más allá de los slogans acostumbrados por este señor -y previsiblemente expuestos-, cuyos editoriales son más parecidos a una coreografía de una porrista oficial que a un análisis profesional de una persona que maneja su materia.

La alarma se encendió cuando el señor Morales indicó claramente y sin tapujos que en una guerra ya declarada, y para el caso de Argentina, no solo hay enemigos externos, sino que el más fuerte es el enemigo interno, ese que está atacando por tierra, aire y mar -y camuflado sin que lo podamos identificar en forma clara-, con todas sus fuerzas para derribar en esta guerra a un gobierno popular. Y que hay que estar atentos y a la altura de la circunstancias.

La teoría del enemigo interno es la que se esgrime en cualquier proceso dictatorial para generar el contexto adecuado para legitimar una cacería persecutoria por parte del poder de turno de cualquier sociedad. No obstante, el señor Morales también dejó sutilmente trazada una línea en este sentido, y dejó sentada la palabra "neoliberal". Este concepto correspondería a cualquier cosa que no esté en línea a estas "políticas populares" y, por cierto, con ese sello puesto, cualquiera de nosotros simplemente por expresar un desacuerdo, pasa a ser susceptible de persecución hasta extinción.

Espero que este señor, que ha sido el primero en vomitar sobre la práctica profesional periodística allí por la década de 1980, cuando sentó puerilmente el precedente que muestra a los periodistas dirimiendo rencillas personales delante de un micrófono -sellando una catadura moral digna de un miserable cobarde-, tenga la entereza de rectificar su editorial del día de la fecha.

Mi argumento es sencillo; con sus palabras y conceptos, Víctor Hugo Morales ha puesto en riesgo mi vida en favor del poder público, dado que soy un ciudadano que, aplicando los argumentos por este señor esgrimidos, puede ser, potencialmente, foco de futuros señalamientos y persecuciones, de penas y escarnios, y de todo lo que pueda hacer el aparato del estado contra un ciudadano desprotegido.


miércoles, 15 de enero de 2014

LA VÍCTIMA ES EL VICTIMARIO, EL DELINCUENTE SOS VOS.

Cuando un delincuente comete un delito de manera violenta, llegando a terminar con la vida de su víctima, los mecanismos institucionales que nuestra sociedad posee para poner justicia al desgraciado evento, se encuentran cada vez más alejados de la esperanza de la sociedad civil por lograrla. Uno de los escollos que nuestra sociedad presenta se manifiesta en la imposibilidad que tenemos cuando intentamos establecer de manera clara y contundente la línea que delimita víctima de victimario. Los protocolos penales y judiciales con los que desarrollamos dictamen y sentencia parecen también portar esa característica.

Las instituciones abocadas a garantizar nuestra seguridad, enmarcar la legalidad y desarrollar la legitimidad de nuestras conductas, parecen mostrar una aguda alteración al momento de dictaminar los premios y castigos mediante los cuales evaluamos nuestras expectativas de vida. En lo penal asistimos a una clara subversión de sentidos, que se manifiesta en las categorías con las cuales se deben identificar -y separar-, culpables de inocentes. El delincuente que cometió un delito es presentado como la víctima que debió cometer una transgresión para sobrevivir, en tanto que la víctima es presentada como un portador de opulencia que deberá responsabilizarse por el costo de su condición. En muchos sentidos es un proceso similar al que se desarrolla cuando se acusa a una mujer como la responsable de haber causado su violación por haberse mostrado con una minifalda demasiado corta.

La interpretación institucional que busca el esclarecimiento de un delito, no interpreta como responsable de sus actos al sujeto que lo cometió, sino como alguien que no tuvo la chance de conocer el mundo de la responsabilidad puesto que fue expulsado por falta de oportunidades, y empujado a esa ingrata e indeseable acción que hemos interpretado como un delito. Esta particular forma de ver los hechos observa a la acción delictiva como una manifestación inevitable, que en su potencia expresa la última alternativa que posee una persona para reclamar pertenencia a un sistema que la oprime excluyéndola. De esta manera los victimarios se presentan como las víctimas de una perversión formal -y de ahí la culpa legal con la cual se los exculpa-, y las víctimas como privilegiados inconscientes gestados en esa misma perversidad. Desde ese lugar, cualquier pedido formal de justicia sobre un hecho delictivo es recibido con desdén, puesto que no hay buena predisposición a tener que aceptar un reclamo gestado en el nivel de lo aparente (el desprecio del sentido común). Y es a partir de este punto que el andamiaje político y judicial argentino (cuyo deber supremo, es bueno recordarlo, es proteger la integridad de la ciudadanía para garantizar su vida en libertad), cambiando de lugar lo esencial de lo aparente, comienza a dejar atrás la consecución de una meta justa para abrazar la búsqueda de un anhelo.

Una persona que muere por proteger a su familia, sus pertenencias o por no disponer de las abundancias suficientes para satisfacer el hambre del depredador, solo es interpretada como una víctima en su aspecto formal y, establecida esta categoría, comienzan a funcionar los engranajes intelectuales que irán erosionando el sentido original del hecho utilizando la divulgación para traducirlo y desplazarlo. Así comienza la fase ideológica del proceso y se desfigura a la verdadera víctima al señalarla como un eslabón que ayuda a transmitir la fuerza y el funcionamiento de un sistema opresor y excluyente; el capitalismo salvaje.

Y será esa “persona eslabón” la que de alguna manera ha empujado al excluido a tomar su parte, la que le corresponde por las buenas o por las malas. Si es por las buenas, la pedirá. Por las malas, la robará. Y en estado de desesperación, matará. Desde esta particular mirada, siempre y bajo toda circunstancia, asistimos a un legítimo reclamo que los vulgares ciudadanos no alcanzamos a percibir en toda su dimensión. Porque somos, de alguna manera, culpables por no haber correspondido a ese pedido de ayuda en forma de robo. Y con este loop conceptual se cierra el círculo argumentativo que finalmente dejó a la ciudadanía encerrada entre rejas domiciliarias y a los delincuentes paseando libremente por las calles.

Finalmente hay un aspecto moral en esta tergiversación; es el establecimiento de una moral anti material mediante la cual se nos interpreta poseedores de una vida chata en tanto se desarrolla sobre la base de la búsqueda de un buen pasar económico. Cuanto más reclamamos por paz y tranquilidad para con nuestro desarrollo mercantil, tanto más vulgarmente chatos se nos observa. Y desde aquí también se llega al mismo lugar; la chatura materialista tiene su precio en un mundo de diferencias, y ese precio puede ser la muerte por abocarnos a poseer chatarra sin sentido: el hecho de morir por tal trivial forma de vivir, otorga a un asesino el título de "trabajador igualitarista" cada vez que ejecuta una vida para robar sus pertenencias.

Luego de lo escrito va mi recomendación para el lector que hasta aquí ha llegado. Es un aporte para estar preparados en caso de que la mala fortuna nos exponga a la desdicha de recibir un tiro en la cabeza por intentar evitar un robo a nuestra propiedad o un daño a un ser querido. Hagamos un escrito para con nuestros deudos indicando que las víctimas de ese lamentable suceso no hemos sido nosotros, sino quien nos ejecutó. Esa pobre persona que al solicitar algo de inclusión y dignidad no tuvo más opción que gatillarnos una 9 en la cabeza.

Solo así podremos pasar a la posteridad como grandes personas en nuestro medio.

No lo olvidemos.




martes, 7 de enero de 2014

Argentina, Derechos Humanos y Freezers...

¿Para qué y por qué el ser humano inventó la tecnología de enfriamiento?

Entre otras muchas cosas, principalmente para mejorar el comercio de ultramar. Los animales debían viajar vivos en los barcos, dado los tiempos de viaje, si lo hacían faenados, la carne llegaba podrida o tenía un proceso de salazón que le hacía perder todas sus propiedades, cuanto que parece ser, no la querían comer ni los esclavos obligados so pena de látigo. Pero también, al viajar el ganado en pié -vivos-, había que llevar también el alimento para mantenerlos todo ese tiempo (otros animales para que coman o granos durante un mes) lo que era un lastre totalmente improductivo elevando los costos de transporte.

Aparece así la posibilidad de enviar la mercadería perecedera en estado congelado, mejorando la calidad y cantidad de circulación de alimentos a todo el globo. Así, pudimos comer frutas exóticas de lugares recónditos, y en esos lugares, pudieron comer carne de primera calidad de la que no disponían, entre otras miles de ventajas y mercaderías.

Luego, el proceso de mercado y el emprendimiento empresarial, sobre la base de la búsqueda de una ganancia, desarrolló nuevas formas técnicas de ese conocimiento industrial, decantando en la producción y ofrecimiento de refrigeradores domiciliarios. Por caso entonces, el objetivo de un freezer es, precisamente, el de conservar por largos períodos mercadería para ser consumida sin que perezca en el corto plazo. Por lo tanto, es ilógico comprar un freezar para utilizarlo solo para el día a día, quien tiene uno, precisamente, lo utiliza para almacenar, independientemente del carácter de opulencia con el cual una mirada pobrista paranoide puede analizar el proceso.

Pero llegó un día, en un país llamado Argentina, que una tal Hebe de Bonafini se puso a hacer análisis económicos y dijo indirectamente; "los freezers deberían estar vacíos".

Y un séquito de aduladores improvisados la oyeron y creyeron que lo dicho era algo útil, justo y bueno; algo revelador que alguien debía decir pero que nadie se atrevía...

Sí, es muy difícil atreverse a decir tamaña estupidez e incongruencia, solo Hebe puede hacerlo...

domingo, 5 de enero de 2014

Corriendo tras los precios, una vez más...

Hace unas horas se ha dado a conocer un nuevo paquete de control de precios en Argentina. Al respecto de tal altruista intención burocrática, no tengo otra opción que ahondar -superficialmente- en algunas categorías que tiene que ver con el conocimiento, su construcción, utilidad, complejidad y corroboración. Mi intención, no tan altruista como la del nuevo equipo económico, es tan solo poner un poco de luz a lo que hace miles de años el hombre viene acumulando e intentando, concluyendo cada paradigma hasta donde éste permita luego de miles y miles de pruebas y errores, más allá de otra de las características humanas; especializarse en tropezar con la misma piedra en forma permanente, casi como un movimiento eterno al cual estamos condenados. Espero que los próximos párrafos dejen entrever por donde viene cabalgando la ironía.



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¿Cuál sería el peso teórico de la tierra? Si concluimos como lo han hecho los físicos, que el peso es masa por aceleración, creo que el planeta pesa más o menos 6 mil trillones de toneladas.

Ese peso es teórico puesto que el concepto de peso lo estamos desarrollando sobre la base de suponer al planeta apoyado en una balanza que trabajaría con la gravedad del propio planeta tierra. Pero como eso es imposible, se hacen los cálculos teóricos. Es algo así como que en realidad la tierra no pesa nada hasta tanto no se acerque efectivamente a algo que la atraiga (hay que decir que todos los cuerpos se atraen, la masa de mi cuerpo lo hace con respecto a la tierra y su influencia sería algo así como 0,000000001 y la tierra influye sobre mí con una fuerza totalmente opuesta 100000000, por eso no puedo salir de su influencia tan fácilmente a no ser que lo haga en un cohete que me impulse a salir generando una contrafuerza mayor a la de atracción terrestre)*.

También podemos calcular su peso en términos de otra cosa, siempre en caso de estar la Tierra siendo atraída -influenciada- por una fuerza de gravedad mayor (de la misma manera que ella lo hace con nosotros, ahora algo más grande lo hace con ella). De ser así, ya no estaría orbitando otro astro (como el sol) y caería hacia esa atracción mayor; en ese caso ya no podríamos calcular nada porque estaríamos muertos. Aunque también puede estar sucediendo que el planeta tierra esté encaminado y cayendo hacia algún centro de gravedad mayor sin que nuestra percepción alcance a vislumbrar el proceso. Nuestra imposibilidad de percibir el fenómeno puede radicar en la variable tiempo; una atracción y caída que para nosotros transcurriría en decenas de miles de millones de años, puede ser un espasmo efímero en los términos astrales -infinito en la percepción humana-. Para decirlo en forma más clara; los últimos 5 mil millones de años de nuestra existencia respecto de la posibilidad de percibir una atracción sobre el planeta en el que vamos montados, serían en los términos universales algo así como la primera mil millonésima parte de un segundo en el comienzo de la caída de nuestro cuerpo cuando nos tiramos de un trampolín en el que tardamos 5 segundos hasta tocar el agua.

Si hemos captado todo hasta aquí, entonces, ya hemos visto que intentar diferenciar conceptos como peso teórico de peso real (tocando también peso específico, porque no), y separarlos debidamente de la necesaria consciencia de saberlos como resultados de un constructo mental para hacer una operación que sirva para influir sobre un fenómeno (y todo ello sin olvidar la filosofía que nos lleva a comprender y crear no solo aquel constructo sino también a captar la relación entre la permanencia y el cambio), no es una tarea sencilla que pueden hacer cuatro o cinco personas desde la nada. Es algo que ha llevado miles de años de conocimiento -pre-científico, científico y hasta religioso-, en el cual se monta y entrelaza una increíble estructura filosófica para dar cuerpo a marcos teóricos con las dosis de humildad necesarias para captar nuestra ignorancia adecuada. Y, si hemos captado todo, ahora mi pregunta.

¿Podemos indicar cual es el precio teórico del pan y la canasta de consumo presentada hace unas horas? ¿Y el precio cuidado? ¿Y el precio revelado? ¿Y el precio acordado?

Una vez hecho esto, lo último que solicito es un intento por ver cual sería el peso cuidado de la tierra, el peso relevado y el peso acordado.

¿Se captó?**

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*Los números incorporados son tan solo un dato demostrativo, no son datos exactos que remitan al fenómeno, sino intentan mostrar de una manera sencilla el desequilibrio de fuerza.

**Para los que luego de haber leído esto lo primero que les viene al pensamiento es que no es lo mismo la física que la economía, no tengo más remedio que recomendar la lectura: "El Burgués Gentilhombre" de Molière...

sábado, 4 de enero de 2014

El Encierro.

Había una vez un gran centro de convenciones en donde en una de sus alas se reunieron anarquistas de mercado para organizar su plan de acción, en otra, lo hacían algunas corrientes de planificadores sociales.

En la reunión de anarquistas se presentó un cierre un tanto contradictorio cuando uno de sus líderes tomó la palabra: "Vamos todos al unísono y gritemos al mundo nuestra prédica para que puedan ver la verdad; VIVA YO!!!"*

En tanto en la sala contigua, los planificadores sociales no tenían una velada muy diferente, la máxima estrella desarrollaba su punto: “mi sistema no está aún completo” (se oían risas). “Estoy perplejo ante mis propios datos y mis conclusiones se hallan en directa contradicción con la idea original de la que he partido. Partiendo de una ilimitada libertad, he llegado a un despotismo sin límites. Quiero añadir, sin embargo, que no puede existir otra solución de la fórmula social sino la mía” (las risas iban en aumento).**

A la salida, ambos grupos coincidían, paradójicamente, en la categórica afirmación que se dejaba en la conclusión del planificador social. Ambos creían, estaban profundamente convencidos de ser los portadores de la antorcha con la cual iluminarían nuestras vidas.

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*Situación inventada por quien escribe estas líneas.

**El discurso del planificador estrella es parte es un extracto del libro "La Realidad Inventada", de Paul Watzlawick, en el que remite al pasaje de Shigalióv, que es uno de los personajes de la novela de Dostoyevski “Los Endemoniados”. Shigalióv inventa un estudio enormemente complejo “de la organización social que en el futuro habrá de sustituir el presente estado de cosas” y que garantizará la completa libertad. El estudio es extremadamente complejo, y es en ese pasaje donde Shigalióv intenta exponerlo en forma abreviada a los conspiradores, aunque termina haciendo el ridículo en sus propios términos, con sus propias armas.

jueves, 2 de enero de 2014

Una historia de hombres.

Por estas horas se está hablando mucho de un nuevo contingente de personas varadas en la Antártida, y algunos se preocupan. Al respecto entonces, mi aporte es recordar la más grande historia de supervivencia que se dio precisamente en ese hostil continente: La Expedición Imperial Transantártica, comandada por Sir. Ernest Schackleton en 1914. Recomiendo observar el documental siguiendo este link: https://www.youtube.com/watch?v=oyQRHHHXntc y que se sintetiza aquí en un par de párrafos, hay en el film algunas imágenes reales de aquella gran gesta.

La idea de Sir. Ernest era atravesar la Antártida con 25 hombres, llevaban consigo también alrededor de 30 perros para tirar trineos, era la última gran expedición del viejo mundo imperial que moría con la primera guerra mundial; corría el año 1914. En la solicitada de hombres para formar la tripulación, se indicaba lo siguiente: Se buscan hombres para viaje peligroso. Salario Bajo, frío helador, largos meses de completa oscuridad, peligros constantes, regreso más que dudoso. Honor y reconocimiento sólo en caso de éxito. Sí, también fue, probablemente, la última acción de una estirpe de hombres que ya no existe.

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Promediando el recorrido y a tan solo un día de llegar al polo –el objetivo propuesto tal como el de un alpinista cuyo deseo es plantar bandera en el pico más alto del planeta-, el barco queda atrapado en el hielo que se transformó en una trampa infranqueable. Comienzan a trabajar un par de días con picos y serruchos para abrirse paso, veían que estaban a unos cientos de metros de hielo blando en el cual el barco podría continuar su recorrido, pero no lo lograron. Diez meses estuvieron varados hasta que el hielo terminó comiéndose el barco; lo estrujó como nuestro puño lo hace con un trozo de papel antes de enviarlo al tacho de basura. Quedaron con sus pertrechos, algunas chalupas, los animales y su fuerza de voluntad parados encima de los hielos y esperando un invierno que aún debía venir.

Comenzaron a avanzar a pie, tirando de algunos botes de emergencia –cuyo peso era de aproximadamente una tonelada-. Al principio no pudieron desplazarse y tuvieron que acampar un mes más. Luego recorrieron casi 600 Kmts, hasta que los hielos comenzaron a ablandarse y hacer agua: Una noche un marinero se mareó durmiendo advirtiendo que el hielo ya era tan fino que copiaba el oleaje marino, debían volver a las barcazas para intentar recalar en alguna costa; por las noches dormían en el hielo más firme que encontraban acampando con sus botes, y por el día debían darlos vuelta para navegar dada la blandura del hielo. Estaban a la deriva en una isla de hielo que se resquebrajaba y navegaba suelta por el mar.

Finalmente llegaron, no sin contratiempos –la tripulación estuvo al borde del amotinamiento y Schackleton mostró un liderazgo de hielo, el cual finalmente les mantendría la vida-, a la Isla Elefante en tres pequeños botes. Un lugar inhóspito sin vida humana, y en medio de toda la odisea un nuevo desafío de temple había de presentarse. Antes de tocar tierra tuvieron que sacrificar algunos perros para comerlos; necesitaban otro tipo de carne que no sea de foca y menos bocas para alimentar, también, las ballenas amenazaban hundirlos si por casualidad tiraban de alguna cuerda que mantenía unidos a los tres botes.

Schackleton sabía que en ese lugar inhóspito morirían todos, tomó la heroica decisión de dejar a su tripulación y continuar con 5 de sus mejores hombres hasta llegar al puesto ballenero más cercano y allí conseguir ayuda para esos pobres hombres varados en el fin del mundo. Ya en parte tranquilo por haber sacado del hielo a sus hombres y haberlos puestos en tierra, tomó la decisión de navegar con un bote de 7 metros unos mil doscientos kilómetros en el océano más peligroso y helado del planeta. Seis meses después logra tocar un destino humano y así consigue volver esperando encontrar a la tripulación que había dejado hacía meses sin nada, en una isla con tan solo dos botes de madera, carne de foca y sin liderazgo; esperaba encontrar tan solo cadáveres carcomidos por la naturaleza y sus propias desdichas. Sin embargo toda la tripulación estaba viva y apta para emprender la retirada.

Dos años después, Schackleton trae con vida a toda la tripulación, NO HABÍA MUERTO NI UN SOLO HOMBRE, transformando la odisea de la expedición transantártica de un fracaso en la obra de supervivencia y liderazgo más grande jamás experimentada y jamás contada.


sábado, 28 de diciembre de 2013

De la Villa a Recoleta. Y volviendo...









Hay algunos militantes oficialistas que se han regocijado con los cortes de luz en el barrio porteño de Recoleta. Son los mismos que ponen el grito en el cielo cuando escuchan opiniones reaccionarias sobre las villas –contracara de ese paquete barrio-. ¿Qué separa el regocijo ante la desgracia ajena y la ira ante la denuncia de una supuesta gracia inmerecida? El regocijo ante la desgracia ajena es sin dudas una actitud montada en la más pueril cobardía, en tanto el señalamiento de un supuesto bienestar de una persona sumida en la pobreza, la pauperización y el peligro, no es menos pueril que la primera de las posturas. Ambas son, en cierta forma, emanaciones rengas de un pensamiento acotado.

La ira que la militancia -representada en esta mujer del polémico tweet-, siente cuando se ataca la forma de vida en las villas, parece descansar en la percepción de una supuesta falta de reflexión y compromiso para con la pobreza y la marginalidad de aquellos que no la conocen. Así, estos justicieros heridos, alimentan un sentimiento de justicia por los más necesitados captado desde el lugar equivocado, y conducirán su esfuerzo a destruir a aquellos que perciben irreflexivos antes que a mejorar las condiciones de aquellos que han captado necesitados. A los primeros se los ve como principales culpables y objetivo primario para destinar sus ataques (la siempre esquiva e indiferente clase media y media alta), a los segundos como víctimas de aquellos y merecedores de sus cabezas en la próxima cena. No piensan en mejorar las condiciones institucionales para que la exclusión y la marginalidad puedan ser sobrellevadas y superadas por el excluido y el marginado, sino en ver de qué manera pueden hacer el mayor daño posible a quienes señalan a los marginales y excluidos como una anomalía de la sociedad.

Del otro lado también hay tela para cortar, quienes detestan Recoleta no han nacido de un repollo, con algo se han alimentado y ese alimento se provee en muy buena dosis desde ese paquete barrio. No lo hacen todos sus habitantes por cierto, pero si la cantidad suficiente para lograr la escala justa que alimentará la resentida y anómala sed de justicia mencionada; "negro pata sucia", "inservible", "basura social", "malviviente", son apenas algunos de los apelativos que dan forma a la portación de cara con la que una persona de rasgos telúricos deberá convivir en ese lugar cada vez que se lo hacen saber con sus miradas punzantes y temerosas; ¿Acaso no es doloroso sentirse temido e interpelado por otras personas solo por estar?

Pensemos en un ciudadano que se desplaza en pleno Recoleta en una bicicleta oxidada, con un pantalón harapiento, sin calzado y pasado de copas zigzagueante por la acera, u otro montando un carro con tracción a sangre intentando levantar la cantidad de cartón suficiente para garantizar el alimento del próximo día. La interpelación primero y el miedo después será la sucesión de sensaciones que inevitablemente emanan las caras y las miradas del habitante de ese elegante barrio -es fácilmente perceptible con solo mirar a los ojos-. ¿Como te sentirías ante una persona que ves claramente que en silencio te interpela, luego te teme y cuando te has ido te señala? Si no tendemos un puente de entendimiento, es improbable que nos entiendan.

Es imprescindible en este punto mencionar que el puente de entendimiento en ese último ejemplo no es la anuencia ante el descontrol en el que se encuentra el ciudadano en bicicleta, hay argumentos igual de atendibles que dirán que hay otros ciudadanos amenazados por él -y atemorizados-. Un potencial atropello a un anciano, un niño o una mujer embarazada, puede tenderlos accidentados en la vereda que el beodo personaje tomó como suya circulando excedido de copas: ¿Quién y bajo qué circunstancias es el desposeído y expuesto a peligros imprevistos? ¿Quién y bajo qué circunstancias será el autorizado para dictaminar quién será el desposeído y quién la amenaza cuando ambos son partícipes de una anomalía y un riesgo latente?

Ambos son ciudadanos, ambos son de derecho, ambos están cubiertos bajo la misma constitución y sujetos al amparo y castigo de la misma ley. Ninguno es superior ante ella, ni tiene una ley para cada sujeto, ambos son iguales ante la ley. El día que comprendamos esto y finalmente intentemos aplicarlo, ese día comenzarán a acabarse los resentidos que gastan su tiempo y las pocas neuronas de su cerebro en regodearse de una desgracia ajena, como lo hace con los cortes de luz en Recoleta esta cobarde señora llamada Claudia Rodríguez (que de seguro no se ha puesto a pensar en la posibilidad de muerte de un anciano que necesita electricidad para sobrellevar lo más básico de su vida). Pero también se irán extinguiendo esos ciudadanos reaccionarios, que son en parte creadores de la miserable militante mencionada. Son personas más parecidas a una mascota de exposición que lo tuvo todo con muy poco dado, que a un ser humano que ha conocido la experiencia (o al menos ha pensado en ella) de tener que procurar su vida en un entorno en donde todo su esfuerzo apenas alcanza para cubrir las necesidades que dicta el estómago al cerebro.

Sí, también podríamos hablar de los hijos de esas mascotas de exposición que agarran autos de decenas de miles de dólares y, también muy borrachos, matan a un transeúnte –otro ciudadano- que va a su trabajo o está con su carro haciendo unas changas.


martes, 3 de diciembre de 2013

FRANCISCO Y EL PODER DEL DINERO

Nuevamente el Papa Francisco es protagonista de una entrada en este marginal blog. Ahora el motivo es su queja respecto a la valorización excesiva que le damos al dinero, hasta elevarlo a la categoría de Dios; el Dios dinero. (vea sus declaraciones aquí)

El Papa nos mira desde el “no debe suceder” -no debe ser-, y no desde el “sucede” -es-.

La negación entonces, al ser el punto de partida del horizonte preconceptual con el cual construye todo el devenir de su pensamiento reflexivo -y por consiguiente las recomendaciones-, se transforma implícitamente en un muro y no en un espejo complementario a la vida que discurre alimentando la observación. De ésta manera, una dualidad fértil queda coartada en unicidad trunca.

La crítica al “Dios dinero” que realiza Francisco, constituye la construcción del muro mediante una deidad que se incorpora como elemento ad hoc para negar un hecho que está aquí en la tierra: Dios acompaña al dinero; elevada de esta manera la crítica a categoría metafísica. Así creado, el relato de Francisco presentará inevitablemente un señalamiento, en el que implícita y sutilmente se nos induce a una imposición y un juicio ético y moral sobre nuestras actitudes, que de esta manera quedarán depositadas en el terreno de lo mundano y las blasfemias, y se nos mostrará participantes de un intercambio injusto, entregados a una naturaleza humana que no debería desarrollarse.

De esta manera, negando lo que sucede –lo que es-, he intentando imponer lo que debería suceder –lo que debería ser-, una vez más se crea un choque fútil sobre el devenir, sobre todo ser así.

Nuevamente un manto de oscuridad pretende cubrir la luz de un proceso que aparece y sobre el cual existe posibilidad y potencia. Y una vez más habrá que recordar que no se trata de negar el valor del dinero, puesto que en mayor o menor medida, el valor ya está ahí. Es, precisamente, la presencia del dinero la que empuja su negación (esta renovada negación papal).

El camino justo solo puede partir desde el reconocimiento, y su dirección, solo puede construir terreno fértil; acompañar para elevar en lugar de pesar para frenar, es la acción que separa grandeza de pequeñez. Elevar el proceso que potencialmente puede poner a los seres humanos en máxima expresión y trascendencia en el devenir de su acción, o empequeñecerlo hasta negarlo, es la disyuntiva a la que hoy Francisco se enfrenta desde -y para-, la porción de humanidad a la cual representa y en la cual montan esperanzas sus fieles.

Si el camino es el segundo, constituye un peso más para el ancla que arrastra la acción humana al moverse en la dirección que de suyo, ya ha escogido en forma libre y espontánea durante miles y miles de años de prueba y error, y a pesar de los estados y la iglesia, no gracias a ellos.